martes, 16 de diciembre de 2014

Susanadas 2014 (II)


Ya saben, mis estimados, que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos guarda todos los tuits tuiteados y por tuitear. Supongo que es para la historia. Las susanadas de este blog son una suerte de obra escogida, para evitar al improbable historiador del futuro que hurgue en aquellos archivos y haga una selección ajena al canon estético-político-existencial que un servidor les viene manejando en Tuita.

Autodefiniciones
Uno que los quiere sacar de su postración moral, y ustedes que no se dejan.

Soy tan viejo que Ramirito era para mí el Sobrino Gamboín.


Pregunta pertinente
¿El inodoro de Felipe VI cuenta como doble trono?


El corsé de Anastasia
Hace 96 años, los bolcheviques se escabecharon a toda la familia Romanov: Zar, zarina, zarevich y princesas. Los Romanov estaban presos en una casa burguesa de Ekaterimburgo. Los reunieron en el sótano y los cosieron a tiros.

Dos cosas me han impresionado particularmente de esa historia. Uno es el cruel destino de la princesa Anastasia, que tanía entonces 17 años. Para esconder sus joyas, los Romanov las cosieron en el corsé de la princesa Anastasia. El resultado: muchas balas rebotaron en su pecho. A diferencia de los demás, que murieron al instante, Anastasia tenía una suerte de imperfecto chaleco antibalas: la mataron de más balazos.

El otro detalle macabro (políticamente genial): los bolcheviques mandaron construir una carretera encima de donde enterraron a los Romanov.


Don Susanito, mundialista
Chapeau a don Rafa Márquez, una muestra más de que los veteranos con clase valemos nuestro peso en oro.

Lo más entretenido del Bélgica-Rusia ha sido poder traducir del alfabeto cirílico el anuncio de Corona Siberiana.

Ojalá hayan notado la neutralidad del público brasileño en el México-Holanda. Ellos no se andan con mamarruchadas latinoamericanistas.

A Brasil le faltaron Thiago Silva y Neymar. ...y Ronaldo y Zico y Rivaldo y Sócrates y Alemao y Pelé y Rivelino y Garrincha. Fue peor el maracanazo, que asesinó la fantasía. Alemania derrumbó una esperanza de cartón, de la que se sospechaba desde el principio.

Por andar de entretenido con el Mundial, se me olvidó pagar el teléfono y ya me lo cortaron. Mi cuñado Beto está peor que yo. Por el Mundial, empeñó su tele para contratar Sky.
 

Incorrección política en tiempos de crisis:
Me entero de que un gurú estuvo hoy en la ALDF. Les pidió que pusieran la mente en blanco. No les ha de haber costado mucho trabajo.

Hace 20 años el boleto de regreso al Tercer Mundo pasó por Ocosingo. Ahora pasa por Iguala.

Y de repente nos quedó claro que el corazón de las tinieblas está en un basurero de Guerrero.

Amigos, desconfíen de los piromaniacos.

"Golpe de Estado a la impunidad del poder", tuitean. Me perdonan, pero Golpe de Estado significa impunidad del poder. Taradeces.

Tenemos un gobierno omiso y tarugo. Dictadura es otra cosa.

El problema con Epidemio es que hasta en sus tuits político-partidistas es bien telenovelero.
Otra hubiera sido la reacción de las redes sociales si Epidemio hubiera dirigido el show de la Gaviota. Definitivamente tiene que mejorar la escuela de actuación de Televisa. Inviertan en ella parte de los millones que pagan por liquidación.

Si quieren, yo les vengo ofreciendo eslóganes y consignas muy jaladores.
Está mal eso de "educación primero al hijo del obrero". Es machista y ya casi no hay obreros. Mejor éste: "Educación por delante/ a la hija de la ambulante".
A los del Colmex les regalo esta consigna: "En el Ajusco luchando/ Quién sabe hasta cuándo"

El Estado que se cansa me recuerda a los cochinitos dormilones. Al que soñaba que era rey y al que se cayó de la cama y se puso a llorar.

Las frases de Chespirito me recuerdan a EPN, quien pasó de "Todos mis movimientos están fríamente calculados" a "¡Que no panda el cúnico!".

(el periplo del Tatita)
Me pregunto si podré ir al Zócalo el viernes a la Feria del Libro. Dicen que por esa zona les avientan piedras a los adultos mayores.
Voy, regaño y renuncio. Luego llego a casa por mi chocolatote y mi cocol.
El Tata Cuau hace dos décadas: "El Partido soy yo". El Tata Cuau, tras renunciar: "Después de mí, el diluvio".

Me pregunto si en un mundo alterno Jesús Piedra Ibarra es otro de los Chuchos.

Me dijeron que debajo del empedrado estaba la playa. Quité el empedrado y me encontré pura tierra.


Cuore
Cumplió 168 años Edmundo De Amicis. Si no leyeron Corazón, Diario de un Niño, no me imagino qué educación sentimental puedan tener.

Corazón: el noble Garrone, el malvado Franti, el Calabrés que se comió la primera nieve que vio caer, el moralista Enrique...

Una lectura adulta de Cuore te hace ver que Enrique es un babieca; el padre y el maestro, un par de demagogos y Franti, rebelde natural. "Corazón" está lleno de patriotismo barato, clasismo, cultura del autosacrificio, cursilería. Valores que mi generación mamó... y muchas más. Eso no evita que, al releer "Sangre Romañola", "De los Apeninos a los Andes" y otras historias de "Corazón", se me escape una lagrima Remi.


Intelectualadas literarias:
¿Qué intelectuales eran esos, los Contemporáneos, que, en vez de hundirse en el hada verde del ajenjo, tomaban, muy sobrios, su cafecito?

El espectáculo de los famas que celebran al cronopio centenario. Y bien muerto.

Cortázar también fue Godínez. Pero de categoría, porque trabajaba para la ONU.

"Verde que te quiero verde": Federico García Lorca y José Agustín.

El neonobel Patrick Modiano tiene nombre de patinador artístico sobre hielo.


Intelectualadas fílmicas:
Esa peli de Warhol que muestra a un tipo durmiendo por ocho horas fue buen entrenamiento para ver las cintas de Kieslowski.

En la cineteca, peli soviética, vi al tipo que vendía quinielas en el estadio de beis. Quizás vendía quinielas sobre quien se dormía primero.


Nostalgia radiofónica
¡Oh, era maravilloso el beisbol en la XEX, si se suspendía por lluvia, a escuchar a Mike Laure toda la noche! La máquina del tiempo nos lleva a 1964, juego de LMB suspendido por lluvia, en el radio suena La Rajita de Canela. En lo que vuelve el partido, otra clásica de don Mike (pronúnciese Mique) Laure. Cero-39. ¡Maldito taxi! "¡Otra, otra!", pide el público, mientras quitan la lona del infield. Y el radio espeta Mazatlán.

El Gran Premio
Regresa la Fórmula 1. Hace poco más de 4 décadas asistí a varias carreras. Gran diversión.

Uno llegaba a acampar en el pasto, cerca de una reja con un hoyo por el cual sacaba la cabeza y veía pasar, raudo, el Ferrari de Jackie Ickx. Y el sonido era atronador. ¡Ññññññammmm! Y pasaban más autos como suspiros. ¡Nññññammm! ¡Pfiushh! ¡Nññññammm! ¡Nññññammm! ¡Pfiushh! 
Cuando describo las carreras de auto me vuelvo bien estridentista.


Y la gente luego se saltó las rejas, para cruzar la calle (es decir, la pista). Todo un espectáculo ver a los chilangos torear a los Fórmula 1. Regresaran los veloces vehículos, pero esa tauromaquia, como  las oscuras golondrinas, no volverá.
 
 
Filosofía barata
El verano en la ciudad de México, ese impostor.

Cuando en mi jardín veo las estrellas, me siento pequeño e insignificante. Entonces me volteo, y los bichitos me ven grande e importante.

A veces me he preguntado si quienes viven más internet que fuera de la red no son como el Fugitivo de La Invención de Morel.

¿Saben a qué huele la llama de una vela? A pelos de la nariz quemados. Pueden comprobarlo empíricamente.

Yo cada que veo a Camilla Parker, recuerdo que Carlos le escribió que él quería ser su tampón y me digo: "la mente humana es insondable".

Me cae mal de los reptiles que no sean agradecidos.



Sociología todavía más barata
Se fue la luz y, la verdad, no hay tantos quinqués como antes.

En México, si pones un puesto de patadas gratis, se te cansa el pie y todavía hay cola.

Vamos, damas y caballeros, ya se acabó su simulacro oficial conmemorativo del sismo, vuelvan a sus escritorios y simulen que trabajan.

No entiendo los pulques curados modernos, que de café, que de cacahuate o mango. Mamarruchadas hipster.

Llevar un reloj de bolsillo de gran cabeza en el pantalón genera envidias.



Colofón
Yo ya hasta me olvidé de cómo eran las musas. Me las topo en la calle y no las reconozco. Eran bellas, tengo un vago recuerdo de ellas. Seguro hoy ya cambiaron de peinado.

Que sueñen con los angelitos. Si no pueden, al menos sueñen con Don Susanito que les baila el Makakikus.



 
 
 

viernes, 21 de noviembre de 2014

La muerte púrpura (la influenza en México, 1918)



Cuando noto a algunos muy preocupados por el ébola, me digo: “no han visto nada… la influenza española: esa sí fue una epidemia”.

En el México de los años diez ya habían pasado tres jinetes del Apocalipsis: la guerra, el hambre y la muerte. En 1918 llegó la peste.

La epidemia de gripe española, también llamada “muerte púrpura” sucedió en el otoño, por estas fechas hace 96 años. Fue una matazón.

La enfermedad llegó a México desde EU, donde se dio el primer caso conocido. Pero la llamaron española porque allá sí daban noticias sobre la misma, ya ven cómo es eso de la comunicación social.

La característica de la peste era que, a diferencia de otras gripes, causaba hemorragias en el pulmón y la gente sangraba por sus orificios.

Ustedes dirán: “como la AH1N1 del 2009”. Pues fíjense nomás que está documentado que se trata del mismo tipo de virus. Los virus tipo A se caracterizan por enfermar no sólo a los seres humanos, sino también a animales, que ayudan a su transmisión. A diferencia de la influenza normal, que ataca más a niños y ancianos, ésta se cebaba en la población productiva de 20 a 40 años.

Para cuando la influenza llegó a México ya se había cobrado miles de vidas en Europa, adonde la llevaron los soldados gringos.

La epidemia primero atacó las poblaciones del norte y se extendió rápidamente por el país. En ello, fue clave el ferrocarril. En las ciudades norteñas la epidemia fue más dura, a pesar de que en algunas, como Nuevo Laredo, se cerraron todos los centros de reunión. Ni con cines, teatros, clubes, escuelas, cantinas y pulquerías cerrados; ni con toque de queda nocturno se paraba el contagiadero.

Como en Europa, la muerte púrpura llegó a la capital mexicana a través de la soldadesca. Carrancistas que venían de Torreón.

El primer lugar infectado fue la Villa de Guadalupe Hidalgo, donde había un cuartel militar. En quince días se contagió casi la mitad de la población. De nada sirvió que internaran en un lazareto de Tlalpan y en el Hospital Militar a 350 soldados sospechosos de traer el virus.

Pronto los periódicos lanzaron la voz de alarma, sobre todo El Demócrata, El Nacional y El Universal. Decían que el gobierno nada hacía.

En efecto, Carranza todavía tenía como prioridad apaciguar al país y los asuntos de salubridad eran competencia de las autoridades locales.

Cuando el temor cundió, empezaron las acciones preventivas: regaron las calles de un desinfectante de creolina que olía muy fuerte. También se pusieron a revisar los trenes, para poner en cuarentena a cualquier visitante que llegara con síntomas.

El tapabocas, supuestamente inventado por el Dr. Takabatake
Los periódicos sugerían evitar aglomeraciones (por ejemplo, caminar en vez de usar el tranvía), taparse al estornudar… También pedían no escupir en el suelo, con lo que empezaron a caer en desuso esa costumbre inveterada, y también las escupideras. Otra cosa que se propagó fue dejar de saludar de beso a las damas; una amable costumbre que tardó décadas en regresar.

El primer caso en la ciudad fue el 10 de octubre, para fines de mes no había una persona que no tuviera algún conocido en cama.

La cosa se puso tan fea que el 27 de octubre se cerraron la Basílica de Guadalupe y otros centros de reunión de la Villa Guadalupe Hidalgo. Lo que hicieron los guadalupanos, después de protestar por el cierre de los templos, fue venirse al centro a rezar, para evitar el castigo de Dios… y a contagiarnos. Yo por eso, cuando iba a misa, procuraba quedarme parado, hasta atrás, como los semi-creyentes, atento a cualquier tos y tratando de respirar el aire de afuera.

¿Cómo se pretendía curar a los enfermos? Con higiene y con quinina (dosis de 0.75 a 1 g., a los adultos, y de 0.15 a 0.25 a niños). Los adultos podían tomar la quinina con un poco de vino. Al menos los aliviaba espiritualmente.

Conforme avanzó el contagio, hubo menos medicinas, que se pusieron cada vez más caras. Los farmaceúticos hicieron agosto con la muerte.

Las personas cultas ya sabían de la existencia de gérmenes y microbios; los virus se habían descubierto en 1892.  Eso no quiere decir que se conociera el agente de la pandemia. El virus AH1N1 se llamaba en 1918 “el microbio Pfeiffer”

Pero el peladaje todavía pensaba en “miasmas”, “vapores”, “efluvios” como causantes de las enfermedades. 

La epidemia fue más dura en las colonias populares, como suele suceder, pero también pegó en las clases medias y pudientes. Entre estos últimos hubo dos diputados que perdieron la vida, generando en la Cámara una feroz discusión y, por supuesto, una Comisión. Esa comisión consiguió que el gobierno federal prometiera 200 mil pesos para combatir la influenza española. Se hicieron brigadas para recoger a los menesterosos y llevarlos a hospitales de beneficencia y lazaretos.

El peladaje les tenía terror a estas brigadas, y más a las que intentaban vacunar a la población, con un producto proveniente de EU. Corrió el rumor de que las enfermeras daban “pastillas para bien morir” en vez de auxilio. Nada nuevo hay bajo el sol. No faltó el tonto enfermo que se hizo pasar por sano… sólo para empeorar sin medicamento y acelerar su muerte.

Los pobres empezaron a poner en la calle los ataúdes, a “espera de gaveta” y del carruaje que los llevaba al panteón. La esquina de féretros más conocida fue la Segundo Callejón de San Juan de Dios y la calle de la Santa Veracruz. Una pila de ataúdes, a diario.

Imaginen ustedes caminar con la cara tapada y, al doblar la esquina, avistar una docena o más de féretros, con su muertito dentro.

Desde finales de octubre hasta noviembre, la peste se cobraba un centenar de vidas al día. Y parecía que no había final ni remedio.

Sin embargo, la ciudad seguía su curso. La gente iba al cine y al teatro. A las fondas y cantinas (que ahora cerraban a las 6).

También en octubre iban los niños a las escuelas. Las autoridades sanitarias propusieron que se adelantaran los exámenes finales, y eso ocurrió. (Antes de que nos impusieran el año lectivo gringo, las clases en México eran de febrero a noviembre, amigos).

En noviembre se empezó a notar la escasez de ciertos productos rurales: resultaba que quienes los producían habían enfermado. Si uno hubiera viajado hacia el Ajusco, Morelos o el Estado de México se hubiera encontrado con pueblos fantasmas y cadáveres insepultos.

Cuando parecía que el Apocalipsis iba a ser total (ya había enfermado uno de cada diez capitalinos), los casos empezaron a bajar.

Así como llegó, la peste se fue. Volvieron a enfermarse de gripe común sobre todo los niños y los viejitos.

Sucede (no lo sabíamos) que la influenza tipo A muta con facilidad y que, así como se hizo letal, se hizo inocua.

Pero la gripe española dejó una estela terrible: en la ciudad, que tenía poco más de 700 mil habitantes, murieron más de 7 mil. Para darnos una idea de las proporciones: es como si la epidemia del 2009 hubiera causado 200 mil muertes en la Zona Metropolitana.

En el país fue peor. El 2 de enero de 1919 El Universal tituló: “Medio millón de muertos… ¡Pasó su majestad la influenza!”.

Cálculos recientes dicen que no estaba tan perdido: sitúan en 436 200 personas las que fallecieron en México por la “muerte púrpura”.

Haciendo cuentas, la influenza mató a más gente que los 300 mil caídos por las balas durante la Revolución. El millón de muertos del que hablan los libros de texto se lo distribuyeron a partes similares 3 jinetes: la peste, la guerra y el hambre.

¡Ah! y por cierto, los 200 mil pesos aprobados por los diputados para combatir la influenza nunca llegaron a ser suministrados.


Este relato llega a ustedes cortesía del Bisulfito de Cal Líquido de Johannsen, Felix y Cía.
"Bisulfato de Johanssen, ¡Pa que los bichos se amansen!", como dijera mi amigo don @BatiMexicano.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Ricardo Bell y el circo de mis tiempos





Ahora que están por quitarle los animales a los circos capitalinos, me viene la nostalgia por los espectáculos de antaño
.
En mis juventudes el circo era uno de los espectáculos más populares y tradicionales. De hecho, provenía de tiempos coloniales. Se sabe que una compañía americana de circo visitó la capital en 1789. Otra lo hizo en 1791. “el payazo baylará el Jarave vestido de muger”, decía la propaganda.

En mi infancia guanajuatense, me tocó ver distintos espectáculos del tipo circense, con saltimbanquis y cómicos de la legua, pero no un circo en toda la extensión de la palabra.

Eso lo pude ver ya en México, con el circo Chiarini y otros, que tenían acróbatas, caballos elegantísimos, animales exóticos y payasos.  En esos tiempos, además de  plazas y teatros, también existían los patios de maroma, que eran patios de vecindad adaptados para dar funciones.

El más famoso de todos era los circos era el Orrín, que primero estuvo en la Plazuela de Santo Domingo y luego hizo un edificio en la plazuela de VIllamil.

¿Qué tenía de especial el Circo Orrín? No su extraordinario hombre-bala; tampoco sus trapecistas, malabaristas y funambulistas. Tenía al payaso Ricardo Bell.

Bell era un payaso inglés avecindado en México, que tenía la extraña cualidad de fascinar por igual a chicos y grandes.

En otras palabras, Bell era un payaso rojo y blanco, un Pierrot y un Augusto.

Expliquémonos. La función de los payasos era y es cortar la tensión causada por los números peligrosos, por las acrobacias y las bestias. El payaso es la máscara griega convertida en comedia ligera.

Durante muchos años, derivado de la Commedia dell’Arte, el payaso tenía el rostro cándido y la sabiduría ingenua del Pierrot. En la segunda mitad del Siglo XIX se inventó un antagonista, un payaso con ropa harapienta, grandes zapatos y nariz roja: el Augusto.

El payaso blanco era elegante, acrobático, grácil, lúcido. El payaso rojo tenía exceso de maquillaje, peluca colorida, era torpe e impertinente. El payaso blanco caricaturizaba el orden, el querer ser de las clases dominantes. El rojo se rebela a las reglas: es el populacho, el caos.

Un payaso Blanco y un Augusto
Por supuesto, los niños amaban al Augusto, al payaso rojo, porque era más parecido a ellos. Y hoy se puede decir que destronó al Pierrot.

En el siglo XXI lo más parecido al payaso blanco son los mimos. Ya no intentan imponer reglas, quieren hacer las cosas bien y terminan sufriendo en silencio.

Pues bien, Míster Bell era blanco y era rojo.  Sus gestos, acrobacias y  “chinfonías” (que luego explico) eran de Blanco; sus chistes, de Augusto.

“Un caleidoscopio de muecas, una inagotable y rápida fantasmagoría de mohines”, lo describió Luis G. Urbina, vocero de las clases educadas.  En esas muecas y algunas frases chispeantes, decía Urbina, “flota un claridad de inteligencia… un vivo resplandor de profunda y sutil ironía”.

Las “chinfonías” eran melodías que el payaso tocaba con un instrumento hecho de botellas llenas de agua a diferentes niveles. Típico de un Blanco.

Pero cuando Bell contaba chistes, eran siempre de un humor sencillo e infantil, casi tonto, pero convenientemente absurdo. Era entonces cuando Bell se convertía en Augusto, y el circo se llenaba de carcajadas ingenuas y abundantes.

Si a eso agregamos que era un gran acróbata y además era experto lanzando puñales hasta hacer el perfil completo de su valiente asistente, se entenderá el éxito.
El acto de puñales de Ricardo Bell

Esa combinación hizo que Juan de Dios Peza dijera alguna vez:  “Bell es más popular que el pulque".

Al Circo Metropolitano Orrín se sumaban, en la primera categoría, el Circo Suárez, el Circo Fénix, el Circo Treviño y el Circo Atayde.  Todos ellos tenían actos de graciosos, actos con felinos amaestrados, actos ecuestres y actos de equilibrismo, funambulismo o trapecio.

En 1907, Ricardo Bell rompió clamorosamente con los hermanos Orrín, y fundó su propio circo. Don Porfirio le ofreció un “terrenito” en plena Avenida Juárez. Enfrente de la Alameda, donde luego estuvo el Hotel Del Prado.

Si el Circo Bell era el favorito del Señor Presidente Díaz, los del Circo Atayde eran maderistas: hubo un gran mitin antireeleccionista en su carpa, en 1909, con la presencia de don Panchito.
Mil rostros de Bell

El inolvidable payaso inglés dejó México en 1910 y murió al año siguiente, en EU. Fue enterrado en Nueva York (que no en Pachuca, donde reposa un minero homónimo suyo). Los vagones de su circo fueron usados por las tropas revolucionarias.

Llegó la guerra civil y el circo murió por un tiempo en la capital. ¿Quién pagaba por ver a un payaso cuando lo que urgía era comer?

Pero al menos una troupe multicolor y vagamunda seguía trabajando en el norte, protegida por el general Francisco Villa. Se trataba del Circo Beas Modelo, que funcionaba a tres pistas y se especializaba en actos con animales. Todo un zoológico.

Imaginemos por un momento un paisaje del norte de México durante la Revolución. Por las vías férreas se acerca un tren,   pero ese tren que recorre el Norte no lleva tropas montadas sobre los vagones, al estilo de La Bestia. En vez de Dorados y Adelitas, viajan elefantes, caballos, tigres y leones, acróbatas, tragasables, malabaristas, payasos. Casi un espejismo en medio del desierto.

Decía Federico Fellini del circo tradicional: “Es el espectáculo mismo de la vida, todos los elementos están ahí, lanzados en desorden, tan violentos, tan trágicos, tan tiernos. Todos sin excepción… En el circo está, todavía, la gracia. Porque hay niños. Y el ritmo. Porque hay animales. Y el miedo. Porque está el hombre”.