Mostrando entradas con la etiqueta Historia económica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia económica. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de mayo de 2015

El tiempo en mis tiempos


Siéndome preciso no perder minuto alguno, doy comienzo a esta narración sobre el tiempo.

Ustedes, los modernos juegan con que son las 11:11, y sus celulares todos traen la misma hora, que es la oficial. Antes no era así.

Primero que nada, en mi infancia, adolescencia, juventud y primera madurez no había hora oficial. Así como se los digo. Todo era aproximado.
 
Durante años las horas eran dictadas por las campanas de las iglesias. Ese es el recuerdo atronador de mi infancia. Y eso que sólo había una iglesia en el pueblo. ¿Qué significa eso? Que eran las doce cuando las campanas sonaban doce veces. Y si decían talán-talán-tan, es que eran las dos y media.

Uno sabía que existían los maitines, las laudes, las tercias, las nonas, las vísperas, sin tener que ser monje. Sólo por el constante repicar.
Como las campanas eclesiásticas se fijaban a partir del mediodía solar, entre dos ciudades cercanas solía haber diferencias de horario de unos minutos.  Eso significaba que tu reloj decía la verdad cuando partía tu carruaje, pero no cuando llegaba a su destino.

En una economía agrícola eso no es gran problema, pero sí en una economía industrial, cuando la precisión de los horarios es vital para la productividad. En las primeras fábricas, los obreros sabían que la jornada empezaba a las 6, pero no tenían manera de saber cuándo eran exactamente las 6. La invención que determinaba el horario oficial de la fábrica fue el silbato, que por décadas fue símbolo del maquinismo.  

Sobra decir que los silbatos estaban adelantados, así había más retardos, con su respectivo descuento para el trabajador.

Con el progreso de la segunda mitad del XIX, la vida se hizo más acelerada y el tiempo cobró mayor importancia. Había que ser puntuales.

De ahí surgen los husos horarios: el concepto de hora oficial que rige a una amplia zona: a menudo, a un país entero. Los husos horarios se crearon en 1884, cuando en la Conferencia Internacional sobre Meridianos se dividió el globo terráqueo en 24 partes iguales. Cada una de esas partes estaba definida por meridianos que tendrían como punto de referencia a nivel mundial el Meridiano de Greenwich.

Ya ven, la Pérfida Albión no sólo se sintió el centro del mundo. Hizo de Londres la hora central de la tierra.

México, por supuesto, participó en esa Conferencia Internacional de Meridianos. Hacerlo era parte de la lógica liberal y de progreso. Empezó entonces un pleito cultural. La hora supuestamente uniforme del Supremo Gobierno vs. la hora divina y caprichosa que marcaban las campanas.

Como pueden ustedes imaginar, durante mucho tiempo ganaron las campanas. Sobre todo para quienes no tenían reloj: el peladaje.

La ofensiva del gobierno fue secularizar el tiempo mediante la profusión de relojes públicos.  1890. Que todo mundo supiera cuál era la hora oficial. El momento cumbre, fue cuando se instaló el reloj de Palacio, exactamente encima de la Campana de Dolores. La idea era unir ambas piezas (simbólicamente, ni modo que las fusionaran).

Por eso, en mis tiempos, los liberales presumían tener la Hora de Tacubaya, ya que ese observatorio era el Greenwich mexicano.

Hemos de decir que los relojes de mis mocedades no eran muy exactos y tal vez la hora no era la de Tacubaya, que al fin y al cabo estaba lejísimos. Y en los relojes públicos, la cosa era peor. Tenían diferencias hasta de media hora. O se les rompía la cuerda y eran eternamente las 5 y 20.

Un buen caballero de mis tiempos tenía siempre su reloj de bolsillo. Había que darle cuerda cada 24 horas. Y las casas elegantes tenían reloj de pared.

Algo que distinguía la clase del caballero era el metal de la leontina; es decir, de la cadenilla colgante que lo sujetaba. La mía era de chapa de oro. A la cuerda que estaba en la parte superior del reloj se le llamaba “cabeza”; y las manecillas recibían el apelativo de “pelo”.

Lo lleva el hombre por delante,
lo saca con mucho recelo, 
se le para de vez en cuando, 
tiene cabeza y también pelo: 
Es el reloj.

Las damas, en cambio, solían llevar colgados relojes más pequeños en un collarcillo; precisamente allí donde antes colgaban sus relicarios.

En la disputa por el tiempo, el reloj representaba al hombre moderno. Así lo entendió ese enemigo de la modernidad que era el caricaturista Posada, en el dibujo con el que inicia este texto.

Hay que decir que la mayor parte de la población siempre fue reacia a la imposición de la hora oficial. No quería ser disciplinada por el maquinismo. Eso se tradujo, evidentemente, que durante la fase armada de la Revolución, la sincronización de los relojes en la ciudad y el país brilló por su ausencia. Si el país estaba en rebeldía y en pleito interno ¿cómo podría plegarse al dictado de unos relojes?

Para que nos demos una idea, el tiempo no quedó fijo y sincronizado en México sino hasta fines de 1921. Gobernaba el manco Obregón.

La causa de la fijación del tiempo fue, paradójicamente, la escasez de electricidad, me cuentan (yo andaba por las Europas en esos días). La falta de energía estaba causando muchos apagones, así que el gobierno decidió hacer una suerte de “horario de verano”, adelantando todos los relojes. Me dicen que el cambio fue todo un caos, en parte porque la población no lo aceptaba y en parte porque siempre se hablaba de “hora civil” y “hora astronómica”.

“Nos vemos a las 11 de la mañana hora astronómica, mediodía hora civil, don Valeriano”. Y don Valeriano no sabía cuál era cuál. Una locura.  

Los trenes se regían por la “hora astronómica”, pero las oficinas que expendían sus boletos, por la “hora civil”. Es sólo un ejemplo.

Pasada la crisis de electricidad, y visto el caos que se había formado, el gobierno tomó una decisión sabia: se sujetó a Greenwich. De esa forma, en vez de pensar en el Meridiano de Tacubaya, pasamos a fijar nuestros horarios en el de 105 grados al Oeste de Greenwich.

Así es, modernos. Sus relojes, sus celulares, sus computadoras están sincronizadas al segundo pero sépanlo: casi nunca ha sido así. Son esclavos del tiempo.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

El paraíso de las damas




Al fin estaba concluido el palacio, el templo dedicado al culto de los locos despilfarros de la moda”: Èmile Zola

Ahora que ustedes están empezando a hacer sus gastos de Navidad es hora de recordarles que las compras no siempre fueron como las conocen. En mis tiempos, nada de tarjetas de crédito, compras por internet o las enormes plazas comerciales de hoy.

Pero también mi generación es autora de la mayor revolución en las ventas al menudeo de toda la historia: los almacenes departamentales.

En mis mocedades, uno compraba sus zapatos en “El Borceguí,” su sombrero en “Tardán”, sus herramientas en “Casa Boker”, su cinturón en “La Palestina”… Es decir, había tiendas especializadas: el paragüero, la cerería, la corsetería, la dulcería, la tienda de artículos religiosos, etcétera.

En los pueblos no era siempre así. Vaya que he de saberlo, porque mi padre tenía una tienda en Pénjamo, donde había de todo… tras el mostrador.

Así eran también la mayoría de los llamados “cajones de ropa” de la capital, que no eran simples baúles, como dicta la imaginación. Los cajones de ropa a los que iba la gente bien tenían una sala amplia y un gran mostrador; el dependiente te atendía y te daba las telas.

En términos semióticos, había una división tajante entre espacio de compra y espacio de venta, la línea la marcaba el mostrador.  La línea divisoria era también un espacio de protección, especialmente para el vendedor, porque el comprador solía tener la calle a sus espaldas. Esa es la lógica que permanece hoy, por ejemplo, en la tiendita de la esquina y en las joyerías. Antes era la regla fija.

Había cajones famosos, como “Las Siete Puertas”, en la calle de Bajos de Porta Coelli, o el de Derbez, en el Portal de las Flores, hoy Corregidora. Dos de los más prósperos cajones de México se convertirían más tarde en las primeras tiendas departamentales del país. Uno era “Las Fábricas de Francia”, sito en el Portal de las Flores; de los señores Gassier y Reynaud. El otro, “El Puerto de Liverpool”, fundado por los señores Ebrard y Fortolis en la esquina de San Bernardo y Callejuela.

Precisamente en contraesquina del cajón de “El Puerto de Liverpool”, los señores de “Las Fabricas de Francia” empezaron a construir un edificio. Iba a ser un rascacielos. Cinco pisos, imagínense. La construcción era espectacular, con vigas de acero traídas desde Bélgica. Durante la construcción la gente se detenía admirada y exclamaba: “¡Están haciendo un palacio de hierro!”. Los dueños, vivos, cambiaron el nombre.

Luego vendrían otros grands magasins, “El Centro Mercantil” y su gran vitral, en la esquina de Monterilla y Plaza de la Constitución, era mi favorito. Siguieron “El Correo Francés”, “Al Puerto de Veracruz” (que siempre anunciaba: “ya viene el vapor al puerto”), “El Nuevo Mundo” y varios otros.

Había una diferencia abismal entre este nuevo tipo de establecimientos y las antiguas tiendas.

En los nuevos almacenes, ofrecían todo tipo de bienes de consumo, con distintas líneas de mercancías agrupadas por secciones o departamentos. De los diferentes departamentos de mercadería viene, precisamente, el nombre de “tienda departamental”.

Ya no era necesario ir con el camisero, con el sastre, con el perfumista. Ahora todo estaba en un mismo lugar.  En una misma tienda, los sombreros de moda, abanicos, tijeras, capotitos para bebé, tibores, bibelots y hasta máquinas de coser 

Estas tiendas pudieron desarrollarse por la existencia de la burguesía y de la clase media, que comparten una cultura de consumo y de modas cambiantes. En el México de mis recuerdos podía considerarse que 2% de la población pertenecía al primer grupo y el 8% al segundo. 90% era el peladaje.

En todo el país, el frufrú de seda, la impecable levita, los diminutos botines de cabritilla contrastaban con la loneta obrera o la manta campesina. Empero, en la ciudad de México las proporciones eran distintas, si bien el vulgo, como siempre, era la gran mayoría. Esto significa que había espacio para esa revolución de las ventas al menudeo que significaron las grandes tiendas.

México, que se preciaba de ser un pequeño París del nuevo mundo, ya tenía émulos de “Au bon Marché”, la empresa pionera.

La principal novedad para nosotros los varones era que los precios eran fijos, lo que garantizaba intercambios y devoluciones. En prácticamente todas las tiendas, hasta entonces, predominaban la lógica de “según el sapo, la pedrada” y el regateo, como en los tianguis.

Entre las damas generó furor. La nueva organización generó una relación directa entre ellas y las prendas que deseaban consumir. En los antiguos cajones, prácticamente no podías tocar la mercancía; mucho menos, probártela: no existían los probadores. Así, uno veía que en las nuevas tiendas las mujeres acariciaban determinada tela –digamos, unos guantes de seda- y, al hacerlo, la hacían suya.

Los empresarios se dedicaron a presentar sus mercancías de manera atractiva, de crear un ambiente, un état d’esprit relajado.

Otra gran idea fue poner baños para damas. Las mujeres de mis tiempos solían enfermar de las vías urinarias por aguantar demasiado. Se suponía que la calle no era para la mujer, entonces difícilmente encontraban lugar para hacer sus necesidades, y se veían obligadas a volver a casa.

Con una atmósfera amable, baños y dinero para gastar, las condiciones estaban dadas para que las damas pasaran largas horas en la tienda. Tan es así que en algunas tiendas en París se habilitó un salón fumador para que los caballeros esperaran a sus parejas entretenidas en la compra.

Otra invención fue la introducción continua de productos nuevos… que hacían caducos y demodé a los comprados hace poco tiempos.

En fin, era la versión consumista de la plaza pública. Era el rendez-vous obligado de las damas de la alta sociedad.

Pero no sólo la aristocracia asistía: íbamos los de medio pelo con pretensiones, y también solían ir las tiples y las prostitutas de calidad. Esto tuvo una significación democratizadora en el consumo. Las putas querían verse un poco señoras… y las señoras jóvenes, un poquitín putas. Creo que ahora sucede algo similar.
 
También tuvo el efecto social de feminizar la fuerza laboral, con las dependientas. Y de crear espacios de imitación. Las grisetas, aunque mal pagadas, tenían acceso a la última moda y se codeaban (es un decir) con la gente bien.

También significó un aumento de la publicidad. Al principio, era sobre todo en prensa. Luego fue en todos lados. Casi como hoy. Con mentiras y exageraciones, como hoy. Decían, por ejemplo, que la sección de vestidos era atendida por modistas venidas de París y cuando mucho eran rubias grisetas. También anunciaban reconstituyentes de virilidad, o contra el spleen de fin de siécle. No hay nada nuevo bajo el sol.

Estos nuevos grandes almacenes acarrearon la ruina de muchos antiguos comerciantes, incapaces de adaptarse a los nuevos gustos de la época.

Las mujeres de la burguesía fueron las principales destinatarias y víctimas del diseño y  la publicidad de los grandes almacenes.  Las tiendas consiguieron hacerse dueños de ellas, las sedujeron diciendo que las adoraban a través de la exaltación de la belleza y el lujo.

 “Aquella creación instauraba una religión nueva; la fe tambaleante iba dejando desiertas, poco a poco, las iglesias y su bazar las sustituía en las almas, ahora desocupadas.” Eso decía Émile Zola, en su novela El Paraíso de las Damas.

Ahora que los jóvenes creen que ir al centro comercial es una buena idea para pasar el rato el domingo, sé que esa religión ha triunfado.






lunes, 1 de julio de 2013

La revolución de las bicicletas




Ustedes de seguro han escuchado la polka intitulada “Las Bicicletas”, y la asocian con el porfirismo. Tienen razón.

Las bicicletas y la modernidad mexicana de fines del siglo XIX y principios del XX van de la mano.  Fue un furor del que participé, orgulloso.

“De todas las modas que han llegado de París y Nueva York,
hay una sin igual, que llama la atención.
…Son bicicletas que transitan de Plateros a Colón,
y por ellas he olvidado mi caballo y mi albardón…”

Una terrible "boneshaker" de 1868
Claro está que las bicicletas llegaron a México antes que don Porfirio. Durante el imperio llegaron las “sacudehuesos”. A mí ya no me tocó ver esos vehículos más que como antiguallas. Un pariente en León me hizo subirme a ella en mi adolescencia. He de decirles que el apelativo de “sacudehuesos” era correcto. Salí triturado de un paseo de menos de un kilómetro (y dos caídas).

Por ahí de 1880 llegaron las de tipo ordinario, las de ruedota delantera,  que ustedes, equivocadamente, consideran como típicas porfirianas y se les denomina velocípedos.

Yo ya vivía en la capital y me hice prestar de una. Mi idea era pasearme coquetón frente a las damas de mi vecindario. Así lo hice un par de ocasiones; en una de esas, por voltear hacia las muchachas no me fijé en un bache y salí volando por delante del manubrio.

Mi velocípedo, aún en mi cochera
Es como si ustedes están ligando en la plaza de su pueblo y les cae una cagarruta de paloma. O peor.

Al tercer trastazo ya estaba curado de espantos. Después de haber entendido, avant la lettre, que ser ciclista es ser un aprendiz de suicida, logré dominar el aparato.  Todavía guardo en mi garaje aquella, mi primera bici, el velocípedo.

¿Por qué?, se preguntarán ustedes. En primer lugar, porque la jaca de hierro, por ser inerte, me parecía más manejable que un caballo (más de una vez, desde la infancia, fui expulsado por los equinos, esos animales nerviosos que domina sólo la gente del campo), pero me gustó sobre todo por la enorme sensación de velocidad que yo sentía, porque yo controlaba esa velocidad.

En 1879 se inventó la cadena de la bicicleta, pero aquí tardó casi una década en llegar a México.

A principios de los 90 (de los 1890s) llegaron las bicicletas “seguras”, con ruedas del mismo tamaño y llantas cargadas de aire. Además ya no eran un lujo exclusivo de catrines. Costaban 150 pesos, que son como 15 mil de ahora. Tuvieron un auge fenomenal.

Las bicis eran caras porque la técnica metalmecánica para hacerlas era avanzada para la época. Recordemos que los hermanos Wright eran mecánicos de bicis.

La palabreja todavía no se había inventado: pero andar en bicicleta era una manera globalizada de ser, era pertenecer al mundo moderno. Tener una bicicleta era ingresar al mundo de la tecnología (como tener una computadora hace dos décadas).

Mi extraordinario Gladiator 1895
Yo me compré una Gladiator, francesa (por supuesto que importada, aquí no fabricaban). Con ella, uno andaba a todo dar por la ciudad. Desgraciadamente, por ahí de 1900 me la robaron. Por eso no me gusta tanto la película esa de “Ladrones de bicicletas”.

También me inscribí al Cycling Union Club, de don Federico Trigueros. Hacíamos paseos del Caballito a Chapultepec, por Paseo de la Reforma. Creo que hoy les llaman ciclotones. No hay nada nuevo bajo el sol. He de confesar que me hice el occiso con las cuotas.

Quienes sí pagaron al club, financiaron la construcción del Velódromo de La Piedad, que organizó varias carreras.

El cambio más relevante fue que las bicicletas les encantaron a las señoras y señoritas. Se las veía de a montón por las calles de la ciudad.

Según la feminista gringa Susan B. Anthony, “La mujer que tiene éxito en domar una bicicleta será capaz de domar y ser dueña de su vida”.  Agregaba la señora Anthony que “la bicicleta ha hecho más para emancipar a las mujeres que cualquier otra cosa”.

En México, la prensa al principio estaba dividida. Unos opinaban que la posición estimulaba a las mujeres y las conduciría a la histeria y peor. Otros, en cambio, alababan sus capacidades medicinales: curaba dispepsia, dolor de cabeza, los insomnios y las “impaciencias” de las señoras. Sobre todo las curaba del corset: las ciclistas iban con ropa más práctica, sobre todo con bloomers, a medio camino entre el pantalón y la falda.
Y si el marido dejaba andar en bici a la señora, lo acusaban de mandilón

De hecho, en una carrera en el velódromo de La Piedad,  algunas damas se arriesgaron a usar shorts (apenas por debajo de la rodilla), para escándalo de la sociedad bienpensante. Corría 1895.

En ese mismo año se estableció la ordenanza citadina que obligaba a los ciclistas a no usar las aceras, llevar una campanilla y una linterna (si era de noche). La bicicleta tenía ya su carta de ciudadanía.

Mis amigos bohemios no eran muy dados al sport, salvo Tablada –apasionado del box y el frontón-, les gustaba más la libación. Un día el encargado del Salón Bach me dijo: “Don Susano, ya no venga en bicicleta… cuando lo hace se regresa consciente a su casa”. Claro, una cosa es pedalear con unas cuantas copas encima, y otra es estamparse contra un árbol tras bicicletear completamente borracho.

Un literato fanático del ciclismo –y creo que por eso me llevé bien con él- era don Ángel del Campo, conocido en los medios como Micrós. Decía que la bici te permitía  andar por la calle sin tener que saludar a nadie, ni correr el riesgo de que alguien te pidiera prestado.

Micrós: “La bicicleta… liberta de las señoras que viendo el coche lleno, se suben con toda la cría y os fuerzan a ir parados”. La bici, escribió Micrós, era ideal para dar alcance a deudores morosos y huir de los charlistas que robaban el tiempo a lengua armada.

Pero no crean que todo era miel sobre hojuelas. Andar en bicicleta a fines del siglo XIX entrañaba graves peligros. El principal: el peladaje.

Del Campo lo dijo con exactitud y clarividencia: las bicicletas eran aborrecidas por “el bajo pueblo y su odio a todo lo nuevo”. Si uno pasaba por el oriente de la ciudad, era un suplicio. Te silbaban, te lanzaban cohetes, te azuzaban al perro.

En otras partes, a la bicicleta sólo la odiaban los cocheros, que dejaban ir la calandria o azuzaban los caballos… como hoy los automovilistas.

El otro enemigo, saliendo de las partes decentes de la ciudad, eran los caminos de herradura, impropios de un país civilizado.

Aún así, era común que varios amigos saliéramos en bicicleta hasta Churubusco o Nativitas, para hacer un pic-nic muy moderno.

Como buen sportsman, usaba bastante mi bicicleta, pero no solía cambiarla por una de modelo reciente, como los más catrines.

Sucede que la bicicleta fue el primer producto de producción masivo en el que se usó el método de “obsolescencia planificada”. La idea era crear mercancías estructuralmente duraderas, pero socialmente perecederas.Hacer desechable lo útil.

“Su bicicleta es de hace cinco años, señor Peñafiel”, me dijo una señora con bloomers del año.
“Y mis piernas de hace 36, pero todavía sirven”, respondí.

Pasaron los años, me robaron la bicicleta y sólo iba en jacas prestadas. Aparecieron los primeros automóviles en la ciudad…

Carrera ciclista femenina; Italia, 1900
En Europa, la bicicleta se asociaba con el movimiento socialista. La federación ciclista de trabajadores alemanes era la más grande del mundo. Aquí, ni socialismo, ni obreros en bicicleta. Las clases populares privilegiaban su rechazo a todo lo que oliera a moderno.

En 1910 inventaron en Italia los cambios de velocidad, pero no recuerdo la llegada de esas bicicletas a México; habrá sido por la edad, habrá sido por la Revolución.

Los ricos se fueron pasando a los automóviles; la bicicleta era de clases medias; ser ciclista –bien lo sabía Torri- fue un acto cada vez más aventurado.

Quienes seguían en su romance con la bicicleta eran las mujeres, en especial las más jóvenes. Pero vendría un cambio de mentalidad.

La Revolución la hicieron los de a caballo, se hizo a contrapelo de las ciudades. Su idea de modernidad era otra. El nacionalismo en boga veía con desconfianza toda la modernidad porfirista, porque estuvo acompañada de desigualdad. Las bicicletas eran parte de esa modernidad mal vista. La venganza del cuaco y el albardón.

Tan tardíamente como en 1917, López Velarde se quejaba: “Nos ayankamos a gran prisa, bajo la acción de lo feo…”. Y el poeta jerezano daba un ejemplo de lo feo: “Las señoritas que tripulan, masculinamente, la bicicleta”.

Habíamos retrocedido 25 años.

Con el tiempo, la bicicleta fue arrinconada como herramienta de trabajo para panaderos y periodiqueros, o mero juguete infantil.

De los “enjambres de bicicletas” que Tablada escribía admirado en su estancia por Oriente, pasamos al “pueblo bicicletero” con tono despectivo.

Lo moderno, lo rápido, lo que separaba al rico de la masa fue el automóvil. Más tarde, los automóviles fueron la masa.

Sólo ahora, cuando estamos ahogados en smog, la bici vuelve a ser apreciada, siendo que fue un invento muy noble desde su creación.

Aquí, la famosa polka "Las Bicicletas", de 1896, que celebra tal prodigio de modernidad.