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viernes, 3 de febrero de 2017

Carranza y el Telegrama Zimmermann




Hace poco se cumplieron 100 años de un hecho que pudo cambiar la historia de México y del mundo, pero que no lo hizo: el Telegrama Zimmermann.

En esos tiempos, en Europa se desarrollaba la Gran Guerra, y aquello parecía un empate entre la Entente y los Imperios Centrales. Se habían sucedido grandes carnicerías… digo, batallas, como las de Verdún y el Somme, decenas de miles de muertos en las trincheras.

La balanza parecía inclinarse ligeramente hacia los alemanes, que hubieran podido obtener una paz ventajosa, pero se engolosinaron. Los Imperios Centrales creían que podían ganar la guerra en menos de un año, si evitaban que Estados Unidos entrara a favor de la Entente.

Don Arthur Zimmermann
En EU, la mayor parte de la población era neutral, así como el presidente Wilson. A favor de la Alianza, sólo estaban las ciudades del Este.

Los alemanes calcularon que EU no podría enviar tropas a Europa si la Gran Guerra se extendía a su territorio. Los súbditos del Kaiser pensaron en un distractor, y ese distractor era México.

Arthur Zimmerman, ministro alemán de Exteriores, tuvo la idea de proponer a México una alianza con el Imperio y puso manos a la obra. El 16 de enero de 1917 envió un telegrama cifrado a su embajador en México, el conde Heinrich von Eckardt.

Uno ve el Telegrama Zimmerman y todo lo que encuentra son series de números; cada uno de ellos era una clave.

En el telegrama, Alemania proponía a México una alianza para hacer juntos la guerra, y ofrecía “abundante ayuda financiera”. También incluía que “México ha de reconquistar el territorio perdido en Nuevo México, Texas y Arizona”. Los detalles del acuerdo germano-mexicano quedaban a discreción del embajador von Eckhardt.

Se dijo que Carranza, al enterarse, comisionó un consejo para verificar la autenticidad del telegrama. También, que el Barbas de Chivo pidió a sus comandantes analizar el proyecto (digo, recuperar Texas suena bonito). Además, las tensiones con EU eran grandes; los de la Expedición Punitiva contra Villa habían fracasado… y, para colmo, las tropas yanquis se habían enfrentado a las Constitucionalistas en la batalla de El Carrizal.

La respuesta de los carranclanes fue que sí y que no. Que el telegrama sí era auténtico y que no convenía prestarle atención.

Es que, en esos tiempos, aunque los Constitucionalistas tenían las de ganar en la Revolución, no era cosa segura. Los Convencionistas aún no estaban derrotados. Pancho Villa daba guerra en el norte, y Emiliano Zapata en el Sur. En esas condiciones, si no controlaba bien a bien el país, ¿para qué iba Carranza a meterse a una guerra con Estados Unidos?

Por otra parte, el Telegrama Zimmermann fue interceptado por los ingleses, que lograron desencriptarlo y descifrarlo. Se dice –yo no sé nada de computadoras- que ese desciframiento marcó un paradigma en la historia de la informática. Tras haberlo descifrado, el gobierno británico decidió que había que mostrárselo al de Estados Unidos, para que se uniera a ellos.

El New York Times, con la noticia-bomba
Cuando los gringos se enteraron una de las primeras cosas que hicieron fue romper relaciones con los teutones.

Una de las segundas cosas que hicieron los gringos fue ponérsele al brinco a don Venustiano. Le pidieron que rompiera con Alemania, bajo amenaza de guerra.

Cuando Carranza les dijo que no, le soltaron lo del Telegrama Zimmermann. Entonces el Barbas de Chivo les dio una buena respuesta: “el telegrama, si existe, es de Zimmermann, no nuestro”. México no rompió con Alemania, y se mantuvo neutral en la I Guerra Mundial.

El presidente Wilson hizo público el contenido del telegrama. El resultado: la desaparición de la neutralidad y la germanofilia.

Nosotros, los mexicanos de a pie, la verdad no teníamos idea de lo que estaba pasando.  Recibíamos noticias de la guerra a través de dos periódicos rivales: El Universal, pro-Entente y El Demócrata, pro-Imperios. Era tan evidente que aquellos diarios hacían propaganda que había que leer los dos para tener una idea vaga de cómo iban las cosas.

El 1º de marzo de 1917, El Universal soltó la bomba con la noticia del telegrama. Uno leía y no daba crédito.

Al otro día, El Demócrata respondió, tildando al diario rival de amarillista. No había confirmación de Relaciones Exteriores.

En los primeros días de marzo todos jugaron al Tío Lolo. Von Eckhardt no sabía nada; la cancillería, tampoco. Pero Zimmermann confesó. Había enviado instrucciones para hacer una alianza, pero sólo si EU declaraba la guerra a Alemania.

El Demócrata hizo una machincuepa y acusó a EU y a El Universal de dar la noticia sin el contexto correcto.

El caso es que el Telegrama sí existía, y la gente, que ya sabía lo que era eso, estaba harta de guerras.

EU entró a la guerra a favor de los Aliados, en abril de aquel 1917. El Universal no publicó nada: su director estaba en la cárcel y el diario no circulaba. La razón por la que ese diario dejó de salir y Palavicini fue a dar al bote fue un artículo contra el Ejército Constitucionalista… dicen.

En ese mismo mes, una semana después, Carranza le dijo a los alemanes que muchas gracias por el ofrecimiento, pero no.

Gracias a la intervención decisiva de Estados Unidos, la Entente derrotó a los Imperios, vino el Tratado de Versalles… y con los términos económicos ominosos de Versalles se gestó el huevo de la serpiente del nazismo.

Pero esa es otra historia…

Y aquí les pregunto: ¿ustedes qué hubiera hecho?




martes, 8 de julio de 2014

El Atentado de Sarajevo


Hace pocos días se cumplió un siglo de un atentado loco y mal planeado que tuvo consecuencias inimaginables: cambió el mundo profundamente, a costa de millones de muertes. Me refiero, por supuesto, al atentado de Sarajevo, que acabó con la vida del Archiduque Francisco Fernando, con la de su esposa y con la paz en Europa.

El Imperio Austro-Húngaro
Para entender el contexto hay que recordar que en Bosnia conviven croatas católicos, serbios ortodoxos y bosnios musulmanes. Un polvorín histórico. Bosnia era parte del Imperio Austro-Húngaro, pero eso tenía muy molestos a los serbios, tanto locales como de Belgrado, y también a los rusos. El Imperio Austro-Húngaro era un paisote: Chequia, Eslovaquia, Austria, Hungría, Bulgaria, Rumania, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina… También parte de lo que hoy es Polonia, parte de Serbia y parte de Montenegro y varias provincias italianas eran parte de este imperio.

Como quien dice, si hubiera habido Mundial de Futbol en 1910, la selección de Austria-Hungría hubiera sido una segura candidata al título.

Los emperadores eran de la familia de los Habsburgo; mismos que nosotros conocimos y fusilamos en México.

A finales del siglo XIX y principios del XX había un montón de organizaciones políticas violentas de todo tipo: desde anarquistas hasta nacionalistas extremos. Precisamente fueron unos serbios irredentistas, movidos por el nacionalismo –y por los servicios secretos de Belgrado y Moscú- quienes armaron el atentado.

Sello de La Mano Negra
Era un grupo de exaltados que se hacían llamar “La Mano Negra”, casi todos eran jóvenes, y los dirigía un empleado bancario. “La Mano Negra” tenía contactos con grupos extremistas dentro del ejército serbio, que habían logrado un exitoso golpe de Estado en 1903.

El grupúsculo decidió cometer un asesinato que, a su ver, despertaría la conciencia de los patriotas serbobosnios: contra el heredero a la corona.

Sofía Chotek y Franz Ferdinand
El Archiduque Franz Ferdinand visitó Sarajevo, la capital bosnia, el 28 de junio de 1914, para inspeccionar unas maniobras militares.  En realidad, también hacía el peligroso viaje (sabía que lo era) para poner estar con su esposa Sofía, porque su matrimonio era morganático. Un matrimonio morganático es el que se da entre un noble y una plebeya, y ésta no recibe rango ni la descendencia puede heredar el trono.  Lo que quería Francisco Fernando era aparecer en público con Sofía, lo que podía hacer si no iba en calidad de príncipe, sino de general.

Hubo quien decía, tras el asesinato, que Franz Ferdinand murió por amor. Suena bonito, pero sobre todo suena cursi. No fue al cadalso a sabiendas.

El grupo de jóvenes terroristas que esperaban asesinar a Franz Ferdinand eran tan exaltados como torpes. Su plan nunca funcionó. Veamos.

Se escogió a puros muchachos menores de 20 años. ¿La razón? Como no eran considerados adultos, no se les podría condenar a muerte. Contradictoriamente, a cada uno le dieron una cápsula de cianuro para que se suicidara en caso de ser atrapado.

Colocaron a seis terroristas seis en la ruta esperada de la comitiva donde iban seis autos. En medio, un Gräf & Stift, donde iba la pareja-objetivo. Los dos primeros jóvenes no tuvieron los arrestos (o tuvieron los pruritos) para lanzar las bombas que habían preparado al paso de los carros.

El tercero, Nedeljko Čabrinović, sí lanzó la bomba, pero rebotó (algunos dicen que en la capota; otros, que Franz Ferdinand la vio y la voleó). Del rebote, el artefacto pegó al siguiente carro de la comitiva, dejando una parcial carnicería: 20 heridos, algunos de gravedad. El joven, entonces, tragó la cápsula de cianuro que tenía para el caso y se tiró al río que corría junto a la avenida.

El río Miljacka a su paso por Sarajevo
Quien ha estado en Sarajevo se sorprende al ver el río Miljacka, que imaginaba ancho por su importancia histórica: es como de dos carriles. Y para colmo, es un río que se puede pasar caminando, con el agua debajo de las rodillas. Čabrinović, obvio es decirlo, no se ahogó. Y el cianuro tampoco funcionó. Le pusieron una tranquiza y lo detuvieron.

Ya nos vamos dando cuenta de lo tarados que eran estos muchachos de La Mano Negra.

Digo yo, tirarse al agua a una profundidad de 12 centímetros y esperar ahogarse. Se necesita ser tarado.

Tras el fallido ataque, la comitiva aceleró el paso. Esto impidió a otros tres terroristas –Gavrilo Princip, entre ellos- que actuaran contra el archiduque.
Sus últimos minutos

En la comida que siguió, Francisco Fernando se quejó de que Sarajevo lo hubiera recibido a bombazos, y se cambió la agenda de la visita.

A continuación, el Archiduque y Sofía irían a visitar a los heridos al hospital, en comitiva. Pero, cosas del destino, el chofer equivocó la ruta. Cuando el chofer se dio cuenta, dobló, a la altura de uno de los puentes que cruza el río. Y en la maniobra, el auto se paró.

Gavrilo Princip, en tanto, había ido a comprar comida tras fallar en el atentado. Volteó y vio que  la providencia le había puesto al Archiduque a tiro. El adolescente salió de la tienda, tomó su revólver y le disparó a Franz Ferdinand de una distancia cercana. Le dio en la yugular. El siguiente disparo del serbiobosnio dio en el abdomen de Sofía, que se había abalanzado de manera instintiva sobre su marido desfalleciente.

El auto salió veloz rumbo al hospital. Sofía murió antes de que llegara. Francisco Fernando, diez minutos después.

El puente del atentado se llamaba, en tiempos de Yugoslavia, Gavrilo Princip, en honor del asesino. Ahora le dicen “Puente Latino”.

El arresto de Gavrilo Princip
Princip  fue arrestado de inmediato –le pusieron una buena felpa- y todos los demás miembros de la conspiración fueron capturados poco después. Los adultos le echaron la culpa a los menores, como previsto. El fallo terminó con tres adultos ahorcados y otros 17 detenidos condenados a largas penas de prisión.

A Princip y Čabrinović les dieron 20 años de condena. Murieron en la cárcel, de tuberculosis y desnutrición. El primero duró tres años; el segundo, sólo año y medio.

Austria-Hungría exigió al Reino de Serbia una investigación, pues sospechaba que los servicios secretos estaban detrás del atentado. Investigaciones históricas posteriores nos dicen que Austria-Hungría no andaba desencaminada. Serbia estaba metida hasta el tuétano.

Serbia se hizo pato y amarró su alianza militar con Rusia, Austria-Hungría hizo lo propio con Alemania y un mes después invadió Serbia.

El joven terrorista
A los pocos meses aquella era una matazón de todos contra todos, de esas que les gustaban mucho a los europeos en el Siglo XX

Así, unos nacionalistas locos dieron el pretexto para que estallara la I Guerra Mundial, que costó más de 10 millones de muertos. Franz Ferdinand y Sofía fueron sólo los primeros asesinados. Gavrilo Princip fue sólo el primer asesino.







El Puente Latino de Sarajevo (Puente Gavrilo Princip)



miércoles, 15 de enero de 2014

El motín y la matanza de Río Blanco


Se cumplen 107 años de los motines populares en Río Blanco, que terminaron muy mal. Se habla hoy de “la huelga de Río Blanco”. Así la definió la prensa, pero no hubo tal.

Lo que hubo fue una huelga de obreros textiles en Puebla y Tlaxcala, en diciembre de 1906, que fue apoyada financieramente por los de Río Blanco. Ambos grupos eran parte del Círculo de Obreros Libres, afines al magonismo y a otros grupos que el gobierno consideraba sediciosos.

Esto escribía Juan Neira, uno de los líderes (que fue obligado a huir de Río Blanco antes de los sucesos que narro): “El obrero mexicano ha llegado a tan  bajo grado de miseria que fuera de los rusos y los chinos es el obrero más miserable del mundo”

 La fábrica de Río Blanco era de las más modernas del mundo, y de las que más ganancias reportaban, por la diferencia entre productividad y salario. Un obrero ganaba 75 centavos diarios; si era mujer, 60 centavos; los niños –según la edad-, entre 20 y 50 ctvs. Multipliquen por 100 para 2014.

Además, a los obreros se les descontaba cualquier desperfecto de la máquina y se deducía de su sueldo aportación a fiestas cívicas y patronales.  La empresa les daba alojamiento a los trabajadores, por la módica renta de $2 semanales. También había tienda de raya, un "poco" cara (entre 25% y 75% más que las tiendas normales), en la que los obreros debían gastar sus ingresos..

Eran 13 horas diarias de trabajo entre pelusa, tintes y humo, en una atmósfera irrespirable. Pero la paga, aunque ahora nos parezca miserable, era superior a la media de la época.

Las huelgas en Puebla y Tlaxcala eran para reducir a 12 horas la jornada, subir salarios y eliminar tiendas de raya.

Los patrones de Río Blanco, que eran los mismos, decidieron entonces hacer un paro patronal (lo que los gringos llaman lock-out) en Río Blanco y Santa Rosa, a partir de Nochebuena. La idea de los dueños era que, si los obreros de Río Blanco no cobraban, no podían enviar dinero a Puebla.  Tenían razón.

Ante la huelga textil, el presidente Díaz emitió un laudo favorable a los patrones, obligando a todos a regresar al trabajo el 7 de enero. El laudo también prohibía la huelga y limitaba la capacidad de formar sindicatos.
La protesta

Esa mañana, obreros inconformes se juntaron para impedir el acceso de aquellos que quisieran regresar a las labores. La empresa cerró.

Entonces, la gente se dirigió a la tienda de raya, a exigir que les fiaran comida, porque llevaban semanas sin cobrar, vivían al día y tenían hambre. Una de las versiones dice que el empleado de la tienda les contestó: “A estos perros no les daremos ni agua”.

El incendio y el inicio del motín
Nunca lo hubiera hecho. La gente, enardecida, lo mató, saqueó la tienda y la incendió. De ahí intentó prender fuego a la fábrica, que estaba enfrente.

Había empezado el motín. Los obreros se lanzaron a la gendarmería, donde liberaron a los presos. De la cárcel se dirigieron a la vecina Nogales, saqueando todo lo que encontraran a su paso, incluida la tienda de raya de Santa Rosa (hoy Ciudad Mendoza). También paralizaron el servicio de tranvías, cortaron la electricidad y entraron en toda casa rica que veían para vaciarla.

Imaginen el piano, los espejos y los muebles de don Arturo Ortega volando desde el segundo piso hasta deshacerse.

“Los huelguistas habían adoptado una actitud hostil y se habían entregado a excesos de todo género”, leí al día siguiente en mi periódico El Imparcial.

 Llegando a Nogales, se toparon con el Ejército, que los recibió a balazos. Hubo un número indeterminado de muertos, y doscientos detenidos. Fue la primera matanza.

A pesar de que mi diario El Imparcial decía que “el orden ha sido restablecido” y de que se había exagerado la situación, los patrones pensaban otra cosa. Enviaron un telegrama al Presidente Díaz dándole a entender que la destrucción había sido casi total y que todavía reinaba el caos.  Jugaban los empresarios a alarmar al Presidente, sugiriendo que la cuestión obrera hacía crisis como en otros países. Lo lograron.

El 8 de enero llegó a Nogales el general Rosalino Martínez, y organizó una cacería de huelguistas, en la que no hubo piedad alguna. Fusiló sin juicio a los líderes obreros, persiguió hasta las montañas a los que habían huido, cateó casa por casa. Mató a montones.

Los pocos líderes que salvaron el pellejo (se hablaba de entre 200 y 800 muertos) fueron enviados a San Juan de Ulúa y Quintana Roo. A la cárcel o a trabajar el henequén como esclavos.

Martínez ordenó apilar los cadáveres junto al ferrocarril. Luego saldría un tren a Veracruz, a tirar los cuerpos al mar para que fueran pasto de tiburones.

La única victoria de los trabajadores fue que don Porfirio Díaz ordenase la clausura de las tiendas de raya. Ahora podían comprar donde querían... Claro, los que quedaban. El 13 de enero, cuando volvieron forzadamente al trabajo, 381 obreros ya no estaban con ellos.


En la ciudad de México, los sucesos de Río Blanco fueron motivo de desprestigio para el gobierno del presidente Díaz. El desprestigio no fue por el laudo; tampoco por sofocar el motín. Fue por los excesos de sangre.El baldón fue eterno y el prestigio, nunca más fue recuperado.


La tropa de Martínez, frente a las instalaciones de la fábrica





miércoles, 16 de octubre de 2013

La gestación del fascismo






Mini proemio:

Me molesta que a cualquier actitud represiva o intolerante la califiquen de "fascismo". Aquel movimiento fue mucho más. El "fascismo" simplón de gorilas represores es algo que no suele tener apoyo popular. El de Italia sí lo tuvo. Hay que entender por qué.

Advierto que el fascismo me parece una ideología abominable, pero que tiene su atractivo, y se repite en muchas claves en el mundo de hoy.

Los orígenes del fascismo

Ustedes saben que fui a Europa en 1921-22. En Francia vi La Consagración de la Primavera;  en Alemania, busqué a Olga Desmond.

Pero donde más tiempo pasé –por mi afición al bel canto- fue en Italia. Me tocó vivir momentos políticos terribles y, por lo mismo, sumamente interesantes.

Italia vivía una gran crisis política, y despuntaba un líder que muy pronto y por muchos años daría de qué hablar: Benito Mussolini.

Mussolini acababa de fundar el Partido Nacional Fascista y sus huestes eran muy activas. Me tocó verlas pavonearse por Roma. Son los que aparecen en la primera foto de esta entrada.

Pavonearse es la palabra correcta. Vestían camisas negras, algunas de ellas abiertas a lo mirrey, y una suerte de vestimenta militar, en la que destacaban las largas botas. Caminaban en grupo y blandían garrotes. Muchos eran jóvenes. También había algunas mujeres entre ellos. Parecían gente del pueblo, no burguesitos adinerados. Algunos tenían mirada torva, como de pandillero. La gente se hacía a un lado. Los veían con una mezcla de temor y respeto. No me pareció que la mayoría simpatizara con ellos.

No me imaginaba entonces, ingenuo yo, que los miembros de ese grupo minoritario conquistarían el poder y lo tendrían 20 años.

En Italia me hice amigo de dos conocedores de ópera, que tenían opiniones políticas muy distintas: Claudio Aldesira y Gianni Di Giglio. Tanto Aldesira como Di Giglio eran catedráticos. El primero era socialista, y simpatizaba con el comunismo; Di Giglio simpatizaba con los fascistas. En muchas cosas, Aldesira y Di Giglio tenían opiniones diferentes sobre el futuro. Pero ambos coincidían sobre el origen del fascismo.

Coincidían en que el fascismo era indisociable de su líder carismático. Para entender el movimiento había que entender a Mussolini (que por entonces aún no se parecía al personaje caricaturizable que conocemos hoy).

El joven periodista socialista Benito Mussolini
Mussolini era del ala izquierda del partido socialista. Dirigía el periódico del partido, el Avanti! Era seguidor de Georges Sorel, un revolucionario peculiar. Sorel despreciaba la democracia, porque implicaba el acto corrupto de negociar con los capitalistas migajas para los trabajadores. En vez de negociar en lo oscurito, decía Sorel, hay que hacer la Revolución. que debía ser fundada en un Mito, una mentira capaz de mover a las masas. Sorel hablaba de mito porque su valor no se medía por su cercanía a la “verdad”, sino por las consecuencias prácticas. A su desprecio a la democracia burguesa y a la mediocridad, Sorel correspondía con el culto a la grandeza y a la nacionalidad (porque Sorel no creía en el internacionalismo, sino en la grandeza de Francia).

¿De qué escribía Mussolini? De ir más allá, por encima y –si es necesario- en contra de las reglas injustas de la democracia burguesa. ¿Qué más decía el futuro Duce? Que hay que usar a los pobres como ariete para acabar con una sociedad decadente y corrupta. Mussolini pedía a sus lectores despreciar la mediocridad. Pensar, antes que nada, en la grandeza de la nación. En esto chocó con el partido.

El Partido Socialista era internacionalista y en la I Guerra Mundial era neutralista. Mussolini se fue decantando a favor de Italia. Esto significó que lo corrieran del periódico y del partido. Mussolini fundó otro diario: Il Popolo d'Italia, de tintes nacionalistas.
Il Popolo d'Italia, "quotidiano socialista"

Mussolini: “Nuestra clase política es deficiente. La crisis del Estado liberal es esta deficiencia documentada”.

Convencido de que sus compatriotas eran “desdeñosos del pasado y ansiosos de renovación”, Mussolini creó un movimiento revolucionario, que proclamaba, entre otras cosas, “que las organizaciones proletarias (moral y técnicamente dignas) se encarguen de la gestión de las industrias y servicios públicos… un fuerte impuesto extraordinario sobre el capital, que tenga la forma de expropiación parcial de todas las riquezas… la convocatoria a una Asamblea Nacional, cuya primera tarea sea establecer la forma de constitución del Estado”. Un movimiento que, sobre todo, valía por sí mismo: era un programa de transformación continua.

En fin, los fachos tenían facha, al principio, de ser de izquierda.

Los fascistas se presentaron como antimperialistas. Naciones ricas que “friegan” a las naciones proletarias… como Italia.

Así que el futuro Duce empezó presentándose como de izquierda, promotor de un “socialismo nacional” y apoyó huelgas y movimientos obreros. Pero tenían otra cosa: odiaban al resto de la izquierda más que a cualquier otra cosa en el mundo. Sobre todo a los "tibios" socialistas. Acompañaron el odio a los "traidores" de izquierda con acciones. En 1919 un grupo de fascistas ataca y quema el Avanti! Se vengaron así del diario que había dirigido su líder carismático, y del que lo habían despedido: redujeron la redacción a cenizas.

Toda huelga, todo movimiento proletario que no obedeciera los dictados de Mussolini era atacado por grupos de golpeadores. A estos grupos se les denominó "squadre di combattimento"; los socialistas les pusieron el despectivo "squadraccie". Son los que vi en Roma.

Pero en las elecciones de 1919 los Fasci Italiani di Combattimento fueron derrotados ampliamente. Ganó el Partido Socialista.

En el análisis de su derrota, Mussolini considera que su problema fue que confundían a los Fasci con la izquierda. Ellos eran "tercera vía". Inicia un giro ideológico hacia la derecha. Se presentará como alternativa contra el "bolchevismo" y contra "la burguesía liberal".

Lo más interesante del asunto es que los seguidores de Mussolini, enamorados de su líder carismático, lo siguieron en ese viraje.

Más que sobre asuntos de clase social, Mussolini tocará, en su irresistible ascenso, la fibra del nacionalismo, de la Patria.


Una discusión ideológica

En tiempos del fascismo naciente, todavía era posible el debate, y más entre intelectuales. A instancias mías, el socialista Aldesira y el fascista Di Giglio se enfrascaron en una tremenda discusión, tras una opípara cena romana, escanciada con ligeros vinos (pero en cantidades dignas de los emperadores de la Eterna Ciudad). La izquierda y la derecha.

A continuación, un resumen de lo que dijeron (cada frase dice, “en una nuez”, lo que un buen italiano tarda varios minutos en expresar, porque ellos son los inventores no sólo de la política, sino de la catilinaria –del rollo o choro, que dice la juventud de ahora).

Di Giglio: Los fascistas hemos roto con las jerarquías tradicionales, del antiguo régimen.

Aldesira: Sí, pero han creado otra jerarquía, aún más rígida. Por eso el fascismo fascina a los arribistas de toda laya.

Di Giglio: Estamos creando el Hombre Nuevo, el Homo Fascistus, que controla la realidad en vez de someterse a ella. El Homo Fascistus siempre está dispuesto a la movilización revolucionaria. Domina su egoísmo en favor de la colectividad.

Aldesira: En realidad el fascista es esclavo del caudillo, del Duce. Hace de todo para engrandecer al Estado, pero no a la sociedad.

Di Giglio: El fascista desprecia a los burgueses, por débiles, por negociadores, por mezquinos.

Aldesira: Pero en realidad, al atacar a la izquierda que no concuerda con su líder, los fascistas les hacen el trabajo sucio a los burgueses.
Una squadra di combattimento encabezada por una mujer

Di Giglio: El fascista prefiere vivir un día como león que cien años como oveja. Es moderno, es romántico, es nacionalista.

Aldesira: Su modernidad es falsa, de oropel. Su romanticismo es anticuado. Su nacionalismo, contra los intereses de las mayorías.

Di Giglio: El discurso nacionalista fascista acaba con diferencias de clase y regionales bajo la idea de “la voluntad del pueblo”.

Aldesira: No acaba con las diferencias de clase y regionales, sólo pretende exorcizarlas. “La voluntad del pueblo” es sólo la del Duce.

Di Giglio: Somos la opción -necesaria por la historia-, ante una clase dominante incapaz de arreglar las cosas por medios ordinarios y una clase obrera incapaz de imponer una revolución socialista.

Aldesira: El suyo es un movimiento de desarraigados. Bajo la idea genérica de "pueblo" sirven a un hombre con ganas de ser tirano.

Di Giglio: Los líderes del Fascio no son los burguesitos de siempre, que estaban en el partido liberal, el popular o el socialista.

Aldesira: Ojalá fueran burgueses. Son el profesional del puñal, el joven idealista, el valiente de bajos fondos, el adolescente romántico..
.
Di Giglio: Somos la juventud que se enfrenta al viejo pasado. (Y canta, provocador, el himno fascista "Giovinezza giovinezza, primavera di bellezza").

Aldesira: Usan a los jóvenes que ni estudian ni trabajan, a los veteranos de la reciente Guerra Mundial. Pero sirven a los viejos patrones.

Di Giglio: Los veteranos son pueblo en armas. Tienen derecho a gobernar. Son de clase media y baja.

Aldesira: Al moverse a la derecha se agenciaron a la pequeña burguesía que creía que su ruina se debía a los obreros y sus protestas.

Di Giglio: Porque el bolchevismo de socialistas y comunistas genera caos. Queremos el cambio, pero con orden. El pueblo quiere orden.

Aldesira: ¡Pero la ruina de la clase media no se debe a los obreros, sino a los tiburones de la industria y las finanzas!

Di Giglio: Tal vez no su ruina actual, pero la clase media no soportaría vivir bajo el bolchevismo. El fascismo la salvará de ese destino.

Aldesira: Pero el fascismo, si triunfa, llevará a la clase media a un destino peor... porque está infectado de militarismo.

La discusión entre mis amigos se hacía cada vez más feroz. Traté de mediar, preguntando por los otros partidos. Los comensales coincidieron: el fascismo no se entendería en un país donde hubiera partidos políticos bien organizados y activos. Aldesira fue más allá: dijo que el fascismo no se entendería donde hubiera “educación y programas políticos, en vez de sentimentalismos, impulsos...”

Di Giglio se defendió: El fascismo reconquistaba los valores del pasado, pero no del despreciable pasado burgués, sino la cultura grecorromana, los valores espirituales.

Aldesira: El fascismo tiene la mentalidad de la pequeña burguesía humanística que se resume en una palabra sola: retórica. La suya es “cultura general”, el “analfabetismo de los alfabetas”, nociones abstractas, aprendidas mecánicamente, sin crítica. La exaltación por el gesto y la palabra que usurpan los hechos y las ideas, el fanatismo por la fórmula que dicta el caudillo.

Di Giglio: Los fascistas nos negamos a la política pragmática, de negociación. El intelectual es heraldo de la nueva época antimaterialista. El Estado es depositario del rejuvenecimiento estético. Por eso hay que liquidar el presente para restaurar los valores culturales, mirar al futuro
 
Aldesira: Los fascistas quieren "liquidar el presente" liquidando e intimidando a todos los que no piensan como ellos.

Di Giglio: Se trata de una purificación total de la vida política nacional.

Aldesira, ya visiblemente enojado: ¿Una purificación por fuego? Son intelectuales como Marinetti que dice que “la guerra es la única higiene para el mundo”.

Di Giglio lo interrumpe, exaltado: ¡Sí, una purificación tajante, que acabe con la corrupción! ¡Crear una nueva Italia! Proclamar, con Marinetti, “el culto del progreso, de la velocidad, del deporte, de la fuerza física".

Aldesira cambió de semblante y ahora se mostró burlón: Mussolini admira a Marinetti y los futuristas, pero los fascistas de a pie -te excluyo- son vulgares. En pos de la popularidad, su caudillo abrazará el sentimentalismo y la cursilería de las clases medias. Ustedes son sólo adorno. Las frases sencillas, el arte “comprensible” atraen más a las masas que la alta cultura. Ustedes son tontos útiles al Duce –y soltó una carcajada.

Fue entonces (digo, también habíamos bebido unas cuantas botellas, algo así como muchas) cuando Di Giglio se abalanzó a golpear a Aldesira. Lo contuve como pude.


La toma del poder

Regresemos a la historia. Habíamos comentado que Mussolini inició en la izquierda, pero tras la derrota electoral de 1919 dio un giro a la derecha y sustituyó socialismo por nacionalismo y que lo primero que hicieron los fascistas fue acusar de traidores a quienes disentían de ellos desde la izquierda.

Tras la I Guerra Mundial, hubo intentos de revolución socialista en Alemania y Hungría, ahogados en sangre. Algo similar pasó en Italia.

En 1920 el movimiento obrero tomó fuerza, hubo ocupaciones fabriles y se crearon los famosos Consejos de Fábrica. Para los fascistas, si ellos estaban en el Consejo, era cosa buena; si eran sólo comunistas o socialistas, cosa mala. Mussolini, al principio apoya los Consejos obreros pero cuando se da cuenta de que los fascistas son minoría, cambia de opinión. Las escuadras fascistas pasan de apoyar a los Consejos a atacarlos físicamente; hacen lo que no se atreven los soldados traídos desde Cerdeña (es decir, los sardos)

Grupos industriales ven con agrado la labor de los fascistas y empiezan a financiar al partido, porque destruye las organizaciones de trabajadores. El apoyo de los terratenientes es aún mayor; el fascismo era un movimiento de las ciudades, pasa al campo estrictamente al servicio de los patrones.

Mussolini refuerza su discurso de que ellos significan cambio social, pero ordenado, sin el “caos bolchevique”. Lo interesante es que quienes más utilizaban la violencia, verbal y física eran precisamente los seguidores del futuro Duce.

En otras palabras, los fascistas dejaron de argumentar y pasaron a "discutir" a mentadas y macanazos.

En 1921 se llevaron a cabo nuevas elecciones; la lista en la que estaban los fascistas captó casi el 20 por ciento de los votos; Mussolini es electo

Aunque los socialistas son el partido más votado, se hace un gobierno de coalición, encabezado por el socialdemócrata Ivanoe Bonomi. El gobierno de Bonomi es menos benévolo con los fascistas e impide algunas acciones violentas; Mussolini busca un “pacto de pacificación”.

El "revolucionario" Mussolini llenaba las plazas
Entonces sucede algo crucial: las bases fascistas no quieren lucha parlamentaria, como Mussolini, sino guerra en las calles, las fábricas y los campos. Las bases quieren revolución y Mussolini acata su decisión para seguir siendo el caudillo. Pero su revolución será de extrema derecha.

En diciembre de 1921 quiebran cajas populares; los fascistas se convierten en “defensores del pequeño ahorrador”. Esta actitud, su oposición a los impuestos y la frase de no quieren “caos bolchevique” hace que las clases medias simpaticen con el Fascio.

Es en esa coyuntura que un servidor llegó de visita a Italia. Gran confusión, presencia de los escuadristas, zozobra…

En febrero de 1922, los partidos de la coalición de gobierno se pelean entre ellos: cada uno quiere ser el mandón… y los socialistas no se llevan con ninguno Sin el apoyo del Parlamento, cae el gobierno Bonomi; vendrá otro, encabezado por el liberal Luigi Facta, pero no va a gobernar de verdad.

Durante casi todo 1922 los partidos democráticos se pelearán entre ellos, mientras las escuadras fascistas se convierten en un Estado dentro del Estado

Los fascistas crean la Confederación de Corporaciones Sindicales y empiezan a ocupar pequeñas ciudades, empezando por Ravenna. Ante la amenaza de una huelga general por los sindicatos de izquierda, en julio, las ciudades de Milán y Génova son ocupadas por los fachos. La huelga falla, porque en todas partes es reprimida, no por el Ejército o la policía, sino por las escuadras de Mussolini.

En ese momento, Mussolini lanza la consigna “Queremos gobernar Italia”… y los partidos democráticos, mientras, en sus disputas fatuas.

En octubre, con el claro apoyo de la Confindustria (la Coparmex de por allá), Mussolini dice: “O nos dan el gobierno, o lo tomamos”.

Entonces se decide la "Marcha sobre Roma", para tomar el poder. Una marcha "pacífica", decía Mussolini. Antes de que se lleve a cabo la famosa marcha, mientras los partidos no se ponen de acuerdo, el rey decide llamar a Mussolini... Vittorio Emmanuele le encargará formar gobierno. La Marcha es en realidad un acarreo masivo para vitorear al Duce. Trenes y trenes cargados de militantes fascistas se dirigen a Roma, pero ya no con aire de confrontación, sino de exultante victoria.

Mussolini arma un gobierno de coalición con otros partidos de derecha. Va al Parlamento y allí hace un histórico discurso: "Puedo hacer de esta aula sorda y gris un vivac…", dice, "puedo deshacer el parlamento y constituir un gobierno exclusivamente fascista. Pero no lo haré…al menos no por ahora".
Giacomo Matteotti

Dos años después cumplirá su amenaza.

Lo siguiente que hace Mussolini es convertir en Milicia Nacional a sus golpeadores. Ellos harán el trabajo sucio en la siguiente elección. En 1924, en un clima de violencia atroz, los fascistas ganan las elecciones. El diputado Matteotti denuncia la situación y es asesinado (como quien dice, es el Belisario Domínguez de por allá). La oposición al fascismo, suicida, se retira del parlamento. Pide que intervenga el rey, quien calla. Entonces Mussolini en un discurso asume la responsabilidad del asesinato de Matteotti. Poco después, emana las Leyes Excepcionales y pone fin a la democracia y las libertades.

Epílogo

Durante todo ese tiempo buena parte de la intelectualidad apoyó a Mussolini. Del inventor Marconi a los poetas futuristas, pasando por muchos catedráticos. En 1925, se obliga a todos los profesores universitarios a adherirse al fascismo o perder la cátedra. 98.5 por ciento lo hace (pero mi amigo Aldesira prefiere renunciar a su puesto que a sus ideales). Italia se sumiría en un abismo negro de intolerancia y totalitarismo.