martes, 3 de septiembre de 2013

Merolyco y el secreto de la longevidad




Advertencia primera: la siguiente historia tiene tintes de ficción, pero es mucho más lo que tiene de cierto.

Advertencia segunda: en la historia se revelará explícitamente un secreto; pero en realidad es sólo parte del Secreto.

Cuando llegué de Pénjamo a estudiar a la ciudad de México, era yo un adolescente naif, pero con ganas de conocer mundo. Me juntaba con jóvenes provincianos como yo, y hacíamos muchas correrías por los andurriales. Eso preocupó a la gente bienpensante de mi familia.

Corría 1880 y los Somellera –que son la parte catrina de mi linaje- me presentaron a distintas damitas de sociedad, para que me juntara con gente bien. Una de estas damitas elegantes era la joven Tonchita, que ustedes conocen en Tuita como la @TiaToncha

Con la simpática Tonchita solía dar largas caminatas diurnas –siempre diurnas- por la ciudad, envuelto en amable conversación. A veces  me invitaba un buñuelo con miel de piloncillo, que degustábamos mientras dábamos la vuelta.  En una de esas vueltas, vimos una extraña carroza, que a lo lejos parecía lujosísima. A un lado de ellas, una suerte de tendajón colorido.

Sobre un templete, en el Portal del Coliseo Viejo, gesticulaba un hombre extrañísimo. Un extranjero vestido de una manera estrafalaria. Tenía el cabello largo y rubio, una tupida barba que adornaba con una trencita, decenas de medallas colgadas al pecho. Y hablaba y hablaba.

Don Artemio del Valle Arizpe lo describió a su alambicada manera. Tenía un “traje lleno de faralaes, con mucho ringorrango y firuletes” (como lo pueden ver en la imagen de arriba, mientras se atravesaba cuchillos en el cuello).

Una pequeña multitud se congregó a su alrededor. El hombre se presentaba como el Doctor Rafael de Meraulyock, eminente galeno de origen suizo.

La joven Tonchita y yo nos quedamos, muy entretenidos, a escuchar el diluvio de palabras mal pronunciadas que venían de la boca de aquel hombre.  El tal Meraulyock se decía taumaturgo; es decir que podía curar con su toque; se decía cirujano “clásico u  ordinario”, se decía dentista. También vendía toda clase de remedios. El Aceite de San Jacobo, por ejemplo, que curaba “flatos, dolencias, cólicos, malos humores…”. El bendito aceite hasta te quitaba “esos molestos callos que no lo dejan a usted señor, señorita, caminar, esas horribles callosidades…”

Una imagen adecentada del tal Merolyco
Si había que creerle, el Doctor Merolyco curaba ojos chicos, boca grande y almorranas. Tonchita y yo empezamos a reírnos con tanto invento.

Seguía Meraulyock con su catilinaria: vendía “esmaltelina sin rival, que restaura muelas y dientes, boca y encías… le quita a Vd. el mal aliento”

También decía tener un bálsamo milagroso vegetal, “para todas las enfermedades” y para “extender la juventud”. Costaba una fortuna: 3 pesos. Otro producto, aún más caro, era el Elixir Godineau, "recomendado para prolongar la vida”. Valía diez pesos la botella (a lo mejor regateabas y te lo dejaba en siete).

Junto al doctor, dos asistentes se encargaban de expender la mercancía, que –en contra de nuestra lógica- se vendía como pan caliente. Una ayudante era una jovencita muy rubia, de mirada apagada, que ha de haber sido pariente del sedicente doctor. El otro ayudante era casi tan extraño como Meraulyock. Un hombretón joven, vestido con traje de niño. Tela escocesa, pantalones cortos y moñito.

El mocetón tenía voz tipluda y un lenguaje peculiar. Le decía “papá” y “mamá” a los adultos y “cuatito” a los jóvenes y niños.

“Mira Mamá, si compras tres paquetitos de estos deliciosos malvaviscos que quitan la tenia, te llevas cuatro. ¿Juega?”

El extraño asistente del Dr. Meraulyock
“Cuatito, si quieres el doctor Merolyco te puede sacar la muela sin dolor”, le dijo a un lépero que evidentemente tenía la boca infectada. Supongo que el pelado estaba desesperado porque aceptó. Entonces Meraulyock anunció con bombo y platillo que haría una operación sin dolor.

Pusieron al pobre hombre en una silla, le amarraron los brazos, le dieron a tomar un trago de “bálsamo”, que supongo que era aguardiente… El sedicente doctor sacó entonces unas pinzas, las mostró al público, se abalanzó sobre el muchacho y de repente, ¡pum¡ un disparo de pistola

Tras brincar del susto, Tonchita y yo vimos que el mocetón vestido de niño había disparado al aire; luego volteamos y vimos al doctor. Merolyco blandía triunfante una muela en las pinzas. “Está usted curado”, le dijo al muchacho, y le dio una gasa para que mordiera.

El joven salió con la boca sangrante, sobándose la quijada, pero con una sonrisa idiota. La gente se agolpó alrededor del tendajón.

“Este Merolyco se burla de la candidez de la gente”, dije a Tonchita en voz muy alta para que me oyeran, “vámonos de aquí”.

"¡Válgame Dios!", exclamó Toncha, "hay que estar locos para creer en esas patrañas".

Muchos compartían nuestra opinión. Los doctores de la época denunciaban a Meraulyock y otros charlatanes –casi todos extranjeros-.  Francisco Patiño, Secundino Sosa y Maximimo Río de la Loza advirtieron de estos engañabobos y denunciaron los fraudes médicos.

Sosa: “debe impedirse que hombres sin pudor y conciencia salgan exabrupto del banquillo de una sastrería para declararse médicos”. El doctor Río de la Loza decía que el espectáculo reemplazaba el arte de curar y que no había separación entre vender remedios y tratar a un enfermo, e iba más lejos: decía que debían prohibirse los anuncios de medicina. Toda venta debería requerir receta médica.

Como quien dice, Patiño, Sosa y Río de la Loza eran la Cofepris de antes. Lograron que se estableciera un año de cárcel y mil pesos de multa a charlatanes. Pero entonces, como ahora lo ven en TV, a la legislación los charlatanes –antes merolicos, hoy pseudolaboratorios- se la pasan por el arco del triunfo.

Pero desvarío. Esa noche fui a tomar unas copas a una cantina en las calles de Guerrero. Empezaba a aficionarme a una bebida nueva: el ajenjo.

En la cantina, para mi sorpresa, encuentro al mocetón ayudante de Meraulyock, que se empinaba un catalán tras otro, y hablaba con voz grave.Me le he de haber quedado viendo demasiado fijamente, porque vino a mi mesa. “Cuatito, tú crees que somos unos mentirosos, ¿verdad?”

No pude sino asentir. –“Es cierto, somos unos mentirosos”, -se rió- “pero al menos entretenemos a la gente”.

-La verdad estuvo divertido el espectáculo –confesé- y lo del balazo a la hora de sacar la muela fue genial.

-“Papá Cantinero, tráenos una más de lo mismo para mi cuatito y yo”, gritó el hombrazo. Y se presentó: “Me llamo Xavier López, amigo”.

Platicamos largas horas. Xavier contó una historia extraña, que no creí al principio, hasta que el alcohol me nubló y acabé creyéndole. Había nacido, según él, en León, en 1816. Pero no parecía un sesentón, sino un hombre de poco más de veinte años. ¿Cómo podía ser? Luego había sido cómico de la legua, itinerante, vendedor de pócimas, de dulces, de muebles, de juguetes… hasta que en Veracruz conoció a Merolyco.

Ya en punto pedo, me dijo que el falso doctor y él sí conocían el secreto para una vida larguísima, en la que una década se vuelve, apenas, un par de años. Hice ademán de no creerle.

-Cuatito, nací en 1816, viviré hasta el Siglo XXI, ¿quieres saber cómo? Te invito a la inmortalidad, -aseguró.

-Sí, cómo,-  le dije.

-Mira, te catafixio el Gran Secreto por la cuenta en esta cantina”.

-¿Catafixio?

-Sí cuatito, catafixiar es hacer un cambio, un trueque, un cambalache, una permuta, un trapicheo, un intercambio de favores.

Sacó una bolsa de cuero y me pidió que metiera la mano en ella. Salió un círculo de madera con la letra A. A instancias suyas, volví a meter la mano. Esta vez salió un círculo con lo que Xavier calificó de “una horrorosa equis”. Las siguientes letras fueron I, D y V. Con las que tenía se podía formar la palabra “VIDA”. 

-¡Y dice uno… y dice dos… y dice tres! - gritó Xavier- ya la hiciste cuatito, paga y ven conmigo.

Cosas del destino, accedí. Me encaminé con él hacia donde estaban la carroza y esa suerte de carpa. Era muy noche.

“¿Y si ahora saca un puñal y me asalta?”, me dije. “No traigo más que 15 centavos y mi reloj”, me respondí.

Dentro de la carpa de Meraulyock  me mostró una pianola. La echó a andar. Tocaba la Marcha Fúnebre de Chopin. “Ya me morí”, pensé. Xavier López me lanzó una sonrisita cómplice. Sacó el tubo de la pianola y lo colocó al revés. Se escuchó un sonido muy extraño, un sollozo musical en reversa.

"Escúchala así a diario, es el secreto". Era un mantra para alejar a la muerte y mantener presa la juventud. Quedé estupefacto.

“La tienes que escuchar con espíritu de niño”, agregó. “Si no, deja de funcionar, amiguito. Esto no sirve para los Papás y las Mamás”.

Sonreí. Supongo que una sonrisa idiota similar a la del infeliz al que le habían quitado la muela. Pensé: “¡Vivir hasta el Siglo XXI!”.

Xavier continuó: "Si esto te asusta, cuatito, cuéntaselo a quien más confianza le tengas, mucho ojo”… pero insistió en que sólo podía ser a una persona.

 ¿A quién contarle ese chisme extraordinario? Al menos como anécdota de la loca ciudad era maravillosa. ¿A quién? ¡A Tonchita, ella toca el piano!

Amanecía en la calle del Portal del Coliseo y desde ahí caminé a casa de los D’Iscariote. Tenía que hablar de esa gran aventura con la joven. Lo primero que hizo ella fue darme un abanicazo. “Susanito, tuvo usted alucinaciones con tanto ajenjo”. Ya saben cómo es.

Regresé a la casa de huéspedes con el rabo entre las patas, pero convencido de que volvería a escuchar la Marcha Fúnebre al revés.

Días después, insistí con Tonchita que, por alguna loca razón, había creído lo que me decía Xavier López: se podía detener el envejecimiento.

“¿Y para qué queremos dejar de envejecer?”, decía ella. “Dios es el único eterno”. Y yo explicaba que no era eternidad, sino longevidad: “Sí envejeceremos, pero más despacio… como Matusalén”.

La referencia bíblica ha de haber ayudado, porque al poco tiempo, Tonchita se esmeraba en tocar la Marcha Fúnebre en reversa.  Un día, como haciendo travesuras, me invitó a escucharla. Tocó la pieza de maravilla, era aún mejor de lo que yo había escuchado en la carpa de Merolyco.

La sensación que nos invadió es difícil de describir. Como si las venas se nos hubieran hinchado de oxígeno. “Una efervescencia”, dijo ella. Estábamos rozagantes. Aquello debía ser verdad.

Durante un tiempo, visité a mi amiga para escucharla. Luego hicimos que se grabara en cilindros de cera.  Años más tarde, en una visita de Toncha a Nueva York, lo grabó en dos discos de vinilo, que posteriormente hemos reproducido en distintas formas.

Han pasado 143 años de ese encuentro fenomenal. Sabrán que nos dio gran gusto reencontrar a don Xavier López, en la tele desde 1958.

Don Xavier cumplió su propósito de vivir hasta el siglo XXI y su sueño de "montar un enorme y veloz caballo de motor". También nosotros hemos llegado hasta aquí, aunque a veces nos sintamos un poco fuera de tiempo.

Nos hemos enterado de otros grandes longevos. Famosos son el escritor Ray Bradbury –quien conoció a Merolyco en 1932, cuando se hacía pasar por Mr. Electrico- y el setentón Mick Jagger.

Ahora ustedes saben dos partes fundamentales del Secreto. La música y mantener el alma abierta de niño. Les toca encontrar en su corazón el tercero.

En tanto, se cumplió un pronóstico de Río de la Loza: “La medicina ha caído en manos de la especulación, pues la caridad ha volteado la espalda a Hipócrates, y hoy el que no tiene dinero, no se cura”.




viernes, 2 de agosto de 2013

Las dos tragedias de Atzimba




Hace días comenté que me había dado mucho gusto saber que la ópera mexicana Atzimba se va a volver a representar, en Bellas Artes, en abril de 2014. Sucede que yo asistí al estreno de esa obra de mi amigo, el compositor y gran pianista Ricardo Castro, el 1º de febrero de 1900, en el Teatro Arbeu.

Yo a Castro lo había conocido desde joven;  él –como yo- había venido a la capital de adolescente. Él, al conservatorio, yo a la preparatoria. Su talento y mi desidia –que quise confundir con bohemia- nos separaron, pero lo encontraba en distintas tertulias y en conciertos de cámara que organizaba.  

A pesar de ser del norte, porque era duranguense, don Ricardo era una persona más bien tímida, que hablaba bajito. Siempre muy correcto. Su música era muy popular, pero más entre la gente bien.
Don Ricardo Castro

Don Ricardo Castro es todavía muy conocido por su vals “Capricho”, y un poco por su música de cámara, pero era compositor de sinfonías y óperas.

Uno de los intereses de mi amigo, según me comentó, era escribir una ópera con tema mexicano, que juntara la sensibilidad europea con la nacional. Su propósito declarado, superar a la ópera “Moctezuma”, de Aniceto Ortega, que tuvo gran éxito en los años sesenta (del siglo XIX, por supuesto). Su propósito oculto, hacer una Aída mexicana, en la que su música en vez traernos las sensaciones de Egipto, nos trajera el aroma de Michoacán.

Don Alberto Michel
Invitó a don Alberto Michel a escribir el libreto de la ópera, y buscó afanosamente dónde estrenarla. Eso no era fácil.

He comentado que a la aristocracia porfiriana le gustaban el teatro clásico y la ópera, pero más por pose que por canon. Su gusto real era la zarzuela. 

Así que, comprenderán, montar una función espectacular de ópera no era una tarea sencilla. Terminada de componer la obra, a don Ricardo se le quemaban las habas. Tuvo que ser ayudado con donaciones varias, y con trabajos se montó Atzimba en el Teatro Arbeu. La estrenaría una compañía… de zarzuela.

El estreno mundial de la ópera fue casi con el siglo: el 1º de febrero de 1900. Recibí una invitación especial de don Ricardo para esa función. El regalo no fue (sólo) por ser Secretario Particular de Asuntos de Farándula de Don Porfirio Díaz, considero. En realidad lo hizo porque yo le había reclamado que no me invitara a participar en el libreto (“usted es hombre de comedia, no de drama”, me había dicho).

Vista la ópera, en realidad aquello era una tragedia de tal tamaño que tuve que admitir que yo hubiera metido algo más ligero para aliviar el asunto.

La obra, diríase hoy, es en parte Aída y en parte Pocahontas (la de Disney), pero con final trágico.

Atzimba era una princesa tarasca enamorada del  emisario de Cortés, Jorge de Villadiego, pero el guerrero purépecha Huépac la quiere para sí. Sirunda, que es la mejor amiga de Atzimba, funge como celestina entre ella y el conquistador, pero Huépac se entera y la quiere chantajear. Huépac convence al rey que hay que atrapar a los conquistadores y sacarles el corazón, para ofrendarlos a sus sanguinarios dioses Cuando está Villadiego en prisión, llega Sirunda y lo libera; se reúnen los amantes, se ponen a cantar y en esa magia están cuando llega Huépac. Mientras llevan al español a la piedra de los sacrificios, Atzimba toma el puñal de Huépac y se suicida, clavándoselo en el corazón. Obviamente, el sacrificio de la princesa no salva al gachupas. Villadiego es ejecutado.  Fin.

En lo personal, me gustaron mucho los decorados de aquella primera representación. En especial, la audiencia en el palacio real. También me gustó la escenografía de la yácata, donde se reúnen los amantes por última vez… y el uso moderno de magnesio explosivo en la producción.

El Palacio Real de Atzimba, en 1900
Pero a personas de más edad, les pareció una escenografía pobre, indigna. Los empresarios les parecieron baratos. Con lo difícil que fue para don Ricardo Castro encontrar mecenas y luego luego las críticas de que no era producción "parisina"!

La música de don Ricardo Castro me pareció conmovedora, dramática en el buen sentido: le daba a cada personaje su carácter. Era una extraña combinación, sí, de música europea con tonos típicos, que nos parecieron muy novedosos. Me temo que ahora se notarían poco.

Lo que estuvo medio penoso fueron los cantantes. Salvo la Chole Goyzueta, que hizo de Atzimba (y está en la foto principal), los otros estaban lejos de ser grandes de la lírica. Eso no le importó al público, encantado de escuchar una ópera mexicana y en español. Las ovaciones fueron atronadoras. Se pidió un encore.

Don Ricardo no quería salir a recibir los aplausos, así era de tímido. Sus amigos lo empujamos. Salió 14 veces. La apoteosis. Encore del intermezzo.

Meses después, la ópera volvió a ser representada, ahora con una compañía italiana de ópera. No me regalaron boletos, así que no fui.

Posteriormente, la ópera Atzimba tendría una historia dramática, aunque quizá no tan trágica como la de la princesa.

Pasada la revolución, Atzimba se representó en tres ocasiones: en 1928, 1935 y 1952, en Bellas Artes. En la tercera ocasión, se perdieron  las partituras del segundo acto. Así como se los digo. Se perdieron.

¿No les parece extraño? Una ópera cuyas partituras, todas, se pierden, pero nada más las del segundo acto. ¿No les suena a sabotaje?

Yo tengo mi hipótesis, muy porfirista. Los nacionalistas-revolucionarios quisieron que esa òpera señera se perdiera para siempre. Don Ricardo Castro era uno de los exponentes máximos de la música culta de la época pre-revolucionaria. Nada qué ver con el nacionalismo musical revolucionario, pero sí con la corriente que incorporaba música popular a la música culta.

¿Y quién dirigía Bellas Artes? Carlos Chávez, quien aborrecía, por motivos estético-políticos, la música del romanticismo mexicano del porfiriato. Chávez se sentía el auténtico traductor de las pulsiones indígenas y de los sones autóctonos a la música culta. Atzimba era un peligro para él.

Así ha sucedido con mucha de la obra artística de la época de don Porfirio, que era abundante y de calidad. Al desván del olvido, por “reaccionaria”. Y más Atzimba, donde el conquistador español era el tenor galán y los jefes indígenas era bajos... y de bajos sentimientos.

Por décadas, nada se supo de la obra de don Ricardo. Pero la partitura para piano y voces permanecía íntegra en el Conservatorio Nacional.

Distintos musicólogos se han dado a la tarea de reconstruir la parte sinfónica del segundo acto.  Una tarea titánica y poco reconocida.

Ya veremos, en abril, cómo estuvo la reconstrucción. Aunque, la verdad sea dicha, no podré juzgarlo: ya no me acuerdo tanto de lo que escuché en el Abreu hace 114 años.

De lo que más ha trascendido a nuestros tiempos es el primer intermezzo de la ópera, el que gozó del encore el día del estreno. Aquí una interpretación:






lunes, 15 de julio de 2013

Susanadas 2013 (I)






Esta es mi segunda colección de Tuits Escogidos. Como ya dije, es una fortuna que se pierdan mis Tuits Completos, porque así se cancela la posibilidad de que llegue un tarado y los escoja, con canon dudoso. Corresponden, grosso modo, a la primera mitad del 2013.

Don Susanito y la música

¿Se imaginan a Saint-Saêns y Tchaikovsky bailando juntos un ballet, con el francés como Galatea y el ruso como Pigmalión? ¡Cierto! Eso sí que es danse macabre.

Y la chancla que yo tiro me la vuelvo a colocar no le atiné al gato loco que me vino a despertar


Dos cositas sobre  Rubén Darío
Del innovador maestro don Rubén Darío, recuerdo" El Ánfora", más que el famoso poema a Roosevelt. Elevo mi carquesio dionisiaco por ello.

"¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?" 
I tell you, folks, this old Darío guy was really cool!

  
Don Susanito y los cuentos de hadas

Ah, la emoción vengativa cuando las hermanastras de Cenicienta se cortaban los dedos del pie para que les cupiera la improbable zapatilla!  ¡Ah, el gusto maravilloso de que, tras casarse Cenicienta con el Príncipe, llegaran unos cuervos a sacarles los ojos a las hermanastras!

¡Imaginar el festín que se iba a dar la reina con el hígado y los pulmones de Blanca Nieves! (Y preguntarse por qué la reina comía bofe)

Al tercer ajenjo sabes que estás poseído por el Hada Verde.

Don Susanito y el cine:

Tarantino hizo un spaghetti western con Django. Como si Wagner hubiera compuesto una zarzuela. No el mejor Wagner, pero sí la mejor zarzuela.

Estudiante que haya visto "La Profesora Enseñante", con Edvige Fenech, que levante la mano... u otra cosa.

Televisa me parece una empresa execrable... salvo cuando pasan "México de mis Recuerdos" y me admiro de mi galanura.

El teatro Bernardo García

Paseaba por Santa María la Ribera y que se me salen las lágrimas de ver lo mal que está el teatro Bernardo García. Recuerdo que su decorado era lujosísimo; lindas molduras adornaban el techo y la luz entraba por las claraboyas de colores. Hoy, desgracia.
En uno de los cristales de ese inmueble se quiso inmortalizar la imagen de la joven Sara Romay, una de las más guapas de Santa Ma.la Ribera. Ahora Sarita Romay ni sombra es. Y ni sombras de los conciertos, saraos, obras de teatro y vistas cinematográficas que hubo en el local.

Casino de Santa María, primero; Teatro Bernardo García, después; Cine de las Flores, más tarde. Ahora, vecindad y basurero. Pero algo queda. En ese local se fundó nada menos que el Ateneo de la Juventud. Hoy en ruinas por la jumentud moderna.

Si dejan tan fregados inmuebles como el Casino de Santa María-Teatro Bernardo García, ¿cómo quieren que recuerde el México de mis Recuerdos?

Vida cotidiana:

Se está acabando el gas. Me he salvado de bañarme.

Yo crecí con compañeritos que jugaban a "Los Niños Héroes", y el que hacía de Escutia se lanzaba al suelo desde un montículo. También, con niñas que usaban entre tres y nueve crinolinas, mientras sus mamás pasaban de lado las puertas para que cupiera el miriñaque.

Hoy me desperté, me vi al espejo, y constaté que tengo más tetas que Angelina Jolie.

En estos días de lluvia he comprobado que pese a que el patio de mi casa es particular, se moja y se seca como los demás.

Mis candelabros de cristal checoslovaco funcionan mejor que cualquier alerta sísmica.

Recuerdo cuando apareció la tela adhesiva;  yo entendía "Tela de Siva" y pensaba en algún remoto lugar de Asia Menor.

Tabladeces, sabineces y demás

"¿Se empedó Li-Po? ¡Ay, no mamen!" -grita el Emperador desde su yamen.

Yo no lo sé de cierto, pero supongo que muchos de ustedes nada más se saben dos poemas de Sabines. Yo no lo sé de cierto, pero lo supongo.

Vaticanadas

Si Dios estaba dormido cuando el Papa Benedicto le rezaba, imagínense con uno.

Ni un tuit quedó del viejo don Pontifex. ¡Eso es un Estado autoritario eficiente, y no mamarruchadas!

El meteorito era un mensaje. Iba dirigido al Vaticano. En eso Dios se dio cuenta de que destruiría demasiada arte y le dio una desviadita.

¿Permitirán entrar al cónclave que elegirá nuevo Papa a los Cardenales de San Luis?

Descubro que, según Tuita, el Papa Francisco es una ONG.

Filosofía susanesca

Conozco jóvenes de vanguardia, vestidos de nueva cultura y con aires de vivir el momento, pero que, desnudos, son porfiristas de 1900.

¿Se dan cuenta de que, si no hubiera nacido Freud, no habría psicólogos argentinos mostrándonos el camino?

No deja de ser curioso que una mujer tan fea como Elba Esther haya causado tanta excitación en una noche.

De verdad hay que ser ñoños para creer que la paz mundial es más importante que el futbol.

Una prueba de que los años ochenta del siglo XX estuvieron jodidos es que el cronopio Julio Cortázar murió en 1984.

Si la vida te da la espalda, agárrale las nalgas.

Esos sádicos que comen panditas ya estarán contentos con la muerte de Xiu Hua.

Seek the greek geek.

El corrector de iPad es incorregible. Escribí "championship women scratch race"; corrigió: "champiñón semen socrática raíces".

Don Susanito y el beisbol de antes.

En 1902 Tommy Leach encabezó la Liga Nacional en HR con 6; en 1909, Ty Cobb lideró la AL con 9; en 1918, Babe Ruth, máximo jonronero, con 11.

En mis tiempos de la bola muerta (1900-1920) era más difícil pegar HR (fuera del parque) que triple. Era sobre todo porque la bola se usaba más y se permitían lanzamientos ensalivados. Ahora, nada más pica la bola en el suelo y la cambian. Es blanquísima y sin dentelladas. Antes no era así... En mis tiempos, si una bola de faul iba al público, se tenía que regresar. Para la tercera entrada, Doña Blanca estaba toda magullada. Obviamente, si le pegas a una bola magullada o ensalivada, no viaja tan lejos como si le pegas a una bola nueva.

Lo absurdo es que "el librito" del beisbol, esa obra borgesiana por inexistente, se escribió en tiempos de la bola muerta. Hoy no sirve igual.

Otro cambio de reglas, en 1920, fue que si la bola rebasaba la barda en terreno de fair era HR, aunque luego botara en terreno de faul. Antes de 1920, si un vuelacercas tenía trayectoria de gancho y, tras cruzar la barda en fair, botaba en foul, contaba como foul. Otra. Antes de 1901, el foul no contaba como strike, salvo en intento de toque de pelota. Se pueden imaginar lo que era en aquel entonces un "turno de calidad". La regla del foul ayudó a la "época de bola muerta"

Los no tan viejos también han visto cambios en el beis. En 1962 se amplió la zona de strike. En los 60s brillaron Koufax y Gibson... ... en 1969 sólo Carl Yaztrezemsky bateó arriba de .300, y decidieron disminuir la altura del montículo de pitcheo. ...Y en 2001 volvieron a crecer la zona de strike, esta vez sólo hacia arriba.

En otras palabras, las reglas del beisbol. como deporte y espectáculo, van cambiando para mantener un equilibrio entre ofensiva y defensiva.

¿Se acuerdan de la época en la que los ampayers de la Americana tenían unos petotes por fuera? Bueno, eso implicaba que no se podían agachar mucho junto al catcher. Cuando lo hicieron, no cantaron los strikes en zona alta. Los pitchers respondieron buscando tirar strikes en la esquina de afuera... y los bateadores se acercaron más a la goma. Los cambios en la zona de strike de 2001 buscan eliminar esa tendencia, que resulta en más pelotazos. Ahora una recta adentro es strike.

--
Es el bateador encendido... y lo mandan a tocar. ¿Cuando entenderán que el "beisbol pequeño" no funciona más que en circunstancias especiales?

Siempre he pensado que el hit-and-run debería mejor denominarse "harakiri".

En fin, como dije hace días, el beisbol es como el universo: parece infinito y está en constante expansión.

El mundo avanza que es una barbaridad

En la Semana Santa de hace 100 años, recuerdo, corrió el rumor de que un sueco loco había inventado un aparato que sustituiría a los botones.
-¿Y para qué carajos queremos sustituir los botones? -pregunté-, si funcionan perfectamente
-Por rapidez y comodidad -dijo mi informante-. Imagínese no tener que desabrochar uno a uno los botones de su pantalón en el mingitorio.
El sueco aquel había montado unas tiras de metal sobre tiras paralelas de tejido; acababa de patentar el invento llamado zipper o cremallera.

En otras palabras, y para que le quede claro a los más lelos, en estos días el zipper cumple un siglo, apenitas, de haber sido inventado.


Nueva sociología:

A los lagartijos ya no los hacen tan discretos como antes.

Estoy convencido de que nutriólogos y gastroenterólogos son los nuevos discípulos del Marqués de Sade.

¿Qué ya no hay mecapaleros que carguen a las damas para que crucen las calles anegadas sin mojarse sus piecitos?

La Prima de don Ramón

A mí me daba calosfríos la prima Águeda de don Ramón López Velarde (de luto, resonante de almidón, pupilas verdes y mejillas rubicundas).

Los Dirigibles

Ni crean que Lindbergh fue el primero en cruzar el Atlántico por aire. Los dirigibles lo hacían desde 1919. Fue el primero en hacerlo solo.

Me tocó vivir la edad de oro de los dirigibles -o zepelines-; se decía que esos nietos de los globos aerostáticos eran muy seguros. El Graf Zeppelin voló más de dos millones de kilómetros, incluyendo la primera circunnavegación del planeta, sin un sólo accidente. Pero entre la publicitada hazaña de Lindbergh, en 1927 y la famosa tragedia del Hindenburg, diez años después, los aeroplanos ganaron.

Recuerdo discusiones de café sobre las ventajas de cada vehículo. No faltaba quien decía que, por ser más pesados, los aviones perderían. Pero no.

El macho don Susano

Macho que se respeta no va a los baños turcos de la Alberca Pane, en Paseo de la Reforma… ...lo decente era darse un duchazo rápido, nada de meterse al baño turco, porque ahí estaban los que luego irían a la fiesta de los 41,

Quienes usan cofia sin pompón son las damas. Los machos porfirianos usamos el gorro con pompón, y un discreto camisón.