lunes, 1 de julio de 2013

La revolución de las bicicletas




Ustedes de seguro han escuchado la polka intitulada “Las Bicicletas”, y la asocian con el porfirismo. Tienen razón.

Las bicicletas y la modernidad mexicana de fines del siglo XIX y principios del XX van de la mano.  Fue un furor del que participé, orgulloso.

“De todas las modas que han llegado de París y Nueva York,
hay una sin igual, que llama la atención.
…Son bicicletas que transitan de Plateros a Colón,
y por ellas he olvidado mi caballo y mi albardón…”

Una terrible "boneshaker" de 1868
Claro está que las bicicletas llegaron a México antes que don Porfirio. Durante el imperio llegaron las “sacudehuesos”. A mí ya no me tocó ver esos vehículos más que como antiguallas. Un pariente en León me hizo subirme a ella en mi adolescencia. He de decirles que el apelativo de “sacudehuesos” era correcto. Salí triturado de un paseo de menos de un kilómetro (y dos caídas).

Por ahí de 1880 llegaron las de tipo ordinario, las de ruedota delantera,  que ustedes, equivocadamente, consideran como típicas porfirianas y se les denomina velocípedos.

Yo ya vivía en la capital y me hice prestar de una. Mi idea era pasearme coquetón frente a las damas de mi vecindario. Así lo hice un par de ocasiones; en una de esas, por voltear hacia las muchachas no me fijé en un bache y salí volando por delante del manubrio.

Mi velocípedo, aún en mi cochera
Es como si ustedes están ligando en la plaza de su pueblo y les cae una cagarruta de paloma. O peor.

Al tercer trastazo ya estaba curado de espantos. Después de haber entendido, avant la lettre, que ser ciclista es ser un aprendiz de suicida, logré dominar el aparato.  Todavía guardo en mi garaje aquella, mi primera bici, el velocípedo.

¿Por qué?, se preguntarán ustedes. En primer lugar, porque la jaca de hierro, por ser inerte, me parecía más manejable que un caballo (más de una vez, desde la infancia, fui expulsado por los equinos, esos animales nerviosos que domina sólo la gente del campo), pero me gustó sobre todo por la enorme sensación de velocidad que yo sentía, porque yo controlaba esa velocidad.

En 1879 se inventó la cadena de la bicicleta, pero aquí tardó casi una década en llegar a México.

A principios de los 90 (de los 1890s) llegaron las bicicletas “seguras”, con ruedas del mismo tamaño y llantas cargadas de aire. Además ya no eran un lujo exclusivo de catrines. Costaban 150 pesos, que son como 15 mil de ahora. Tuvieron un auge fenomenal.

Las bicis eran caras porque la técnica metalmecánica para hacerlas era avanzada para la época. Recordemos que los hermanos Wright eran mecánicos de bicis.

La palabreja todavía no se había inventado: pero andar en bicicleta era una manera globalizada de ser, era pertenecer al mundo moderno. Tener una bicicleta era ingresar al mundo de la tecnología (como tener una computadora hace dos décadas).

Mi extraordinario Gladiator 1895
Yo me compré una Gladiator, francesa (por supuesto que importada, aquí no fabricaban). Con ella, uno andaba a todo dar por la ciudad. Desgraciadamente, por ahí de 1900 me la robaron. Por eso no me gusta tanto la película esa de “Ladrones de bicicletas”.

También me inscribí al Cycling Union Club, de don Federico Trigueros. Hacíamos paseos del Caballito a Chapultepec, por Paseo de la Reforma. Creo que hoy les llaman ciclotones. No hay nada nuevo bajo el sol. He de confesar que me hice el occiso con las cuotas.

Quienes sí pagaron al club, financiaron la construcción del Velódromo de La Piedad, que organizó varias carreras.

El cambio más relevante fue que las bicicletas les encantaron a las señoras y señoritas. Se las veía de a montón por las calles de la ciudad.

Según la feminista gringa Susan B. Anthony, “La mujer que tiene éxito en domar una bicicleta será capaz de domar y ser dueña de su vida”.  Agregaba la señora Anthony que “la bicicleta ha hecho más para emancipar a las mujeres que cualquier otra cosa”.

En México, la prensa al principio estaba dividida. Unos opinaban que la posición estimulaba a las mujeres y las conduciría a la histeria y peor. Otros, en cambio, alababan sus capacidades medicinales: curaba dispepsia, dolor de cabeza, los insomnios y las “impaciencias” de las señoras. Sobre todo las curaba del corset: las ciclistas iban con ropa más práctica, sobre todo con bloomers, a medio camino entre el pantalón y la falda.
Y si el marido dejaba andar en bici a la señora, lo acusaban de mandilón

De hecho, en una carrera en el velódromo de La Piedad,  algunas damas se arriesgaron a usar shorts (apenas por debajo de la rodilla), para escándalo de la sociedad bienpensante. Corría 1895.

En ese mismo año se estableció la ordenanza citadina que obligaba a los ciclistas a no usar las aceras, llevar una campanilla y una linterna (si era de noche). La bicicleta tenía ya su carta de ciudadanía.

Mis amigos bohemios no eran muy dados al sport, salvo Tablada –apasionado del box y el frontón-, les gustaba más la libación. Un día el encargado del Salón Bach me dijo: “Don Susano, ya no venga en bicicleta… cuando lo hace se regresa consciente a su casa”. Claro, una cosa es pedalear con unas cuantas copas encima, y otra es estamparse contra un árbol tras bicicletear completamente borracho.

Un literato fanático del ciclismo –y creo que por eso me llevé bien con él- era don Ángel del Campo, conocido en los medios como Micrós. Decía que la bici te permitía  andar por la calle sin tener que saludar a nadie, ni correr el riesgo de que alguien te pidiera prestado.

Micrós: “La bicicleta… liberta de las señoras que viendo el coche lleno, se suben con toda la cría y os fuerzan a ir parados”. La bici, escribió Micrós, era ideal para dar alcance a deudores morosos y huir de los charlistas que robaban el tiempo a lengua armada.

Pero no crean que todo era miel sobre hojuelas. Andar en bicicleta a fines del siglo XIX entrañaba graves peligros. El principal: el peladaje.

Del Campo lo dijo con exactitud y clarividencia: las bicicletas eran aborrecidas por “el bajo pueblo y su odio a todo lo nuevo”. Si uno pasaba por el oriente de la ciudad, era un suplicio. Te silbaban, te lanzaban cohetes, te azuzaban al perro.

En otras partes, a la bicicleta sólo la odiaban los cocheros, que dejaban ir la calandria o azuzaban los caballos… como hoy los automovilistas.

El otro enemigo, saliendo de las partes decentes de la ciudad, eran los caminos de herradura, impropios de un país civilizado.

Aún así, era común que varios amigos saliéramos en bicicleta hasta Churubusco o Nativitas, para hacer un pic-nic muy moderno.

Como buen sportsman, usaba bastante mi bicicleta, pero no solía cambiarla por una de modelo reciente, como los más catrines.

Sucede que la bicicleta fue el primer producto de producción masivo en el que se usó el método de “obsolescencia planificada”. La idea era crear mercancías estructuralmente duraderas, pero socialmente perecederas.Hacer desechable lo útil.

“Su bicicleta es de hace cinco años, señor Peñafiel”, me dijo una señora con bloomers del año.
“Y mis piernas de hace 36, pero todavía sirven”, respondí.

Pasaron los años, me robaron la bicicleta y sólo iba en jacas prestadas. Aparecieron los primeros automóviles en la ciudad…

Carrera ciclista femenina; Italia, 1900
En Europa, la bicicleta se asociaba con el movimiento socialista. La federación ciclista de trabajadores alemanes era la más grande del mundo. Aquí, ni socialismo, ni obreros en bicicleta. Las clases populares privilegiaban su rechazo a todo lo que oliera a moderno.

En 1910 inventaron en Italia los cambios de velocidad, pero no recuerdo la llegada de esas bicicletas a México; habrá sido por la edad, habrá sido por la Revolución.

Los ricos se fueron pasando a los automóviles; la bicicleta era de clases medias; ser ciclista –bien lo sabía Torri- fue un acto cada vez más aventurado.

Quienes seguían en su romance con la bicicleta eran las mujeres, en especial las más jóvenes. Pero vendría un cambio de mentalidad.

La Revolución la hicieron los de a caballo, se hizo a contrapelo de las ciudades. Su idea de modernidad era otra. El nacionalismo en boga veía con desconfianza toda la modernidad porfirista, porque estuvo acompañada de desigualdad. Las bicicletas eran parte de esa modernidad mal vista. La venganza del cuaco y el albardón.

Tan tardíamente como en 1917, López Velarde se quejaba: “Nos ayankamos a gran prisa, bajo la acción de lo feo…”. Y el poeta jerezano daba un ejemplo de lo feo: “Las señoritas que tripulan, masculinamente, la bicicleta”.

Habíamos retrocedido 25 años.

Con el tiempo, la bicicleta fue arrinconada como herramienta de trabajo para panaderos y periodiqueros, o mero juguete infantil.

De los “enjambres de bicicletas” que Tablada escribía admirado en su estancia por Oriente, pasamos al “pueblo bicicletero” con tono despectivo.

Lo moderno, lo rápido, lo que separaba al rico de la masa fue el automóvil. Más tarde, los automóviles fueron la masa.

Sólo ahora, cuando estamos ahogados en smog, la bici vuelve a ser apreciada, siendo que fue un invento muy noble desde su creación.

Aquí, la famosa polka "Las Bicicletas", de 1896, que celebra tal prodigio de modernidad. 








miércoles, 5 de junio de 2013

La Consagración de la Primavera





El divino Nijinsky
Stravinsky selon Picasso

Hace un siglo, el 29 de mayo de 1913, se estrenó el ballet Le Sacre du Printemps, conocido en español como La Consagración de la Primavera, con música de Igor Stravinsky y coreografía de Vaslav Nijinsky. Fue un sonoro fracaso.

Le Sacre du Printemps no quiere decir precisamente "consagración". Una sacre, en francés, se refiere a una fiesta popular de origen pagano. Por eso es mucho mejor la traducción inglesa del título: The Rite of Spring. Ritual es un concepto que aplica más que el de consagración.

El estreno fue en el Thèâtre des Champs Élysèes y, de entrada, el público estaba dividido entre los ricos parisinos y los bohemios modernistas.

Relatan las crónicas que no había terminado la introducción musical cuando empezaron los silbidos. La buena burguesía no quería saber de bitonalidades.

Se alzó el telón y una parte del público estalló en carcajadas. Otros, excitados, trataban de marcar el ritmo con los pies. Luego vinieron los gritos.

Las bailarinas originales
"¡Traigan a un dentista, que a la bailarina le duele la muela!... ¡No, a dos!", gritó un señor de corbata de moño. "¡Viejo imbécil!", le respondió un modernista, quien ipso-facto recibió un sopapo de una elegante dama.

Empezaron a lloverle objetos a la orquesta. Entró la policía y se llevó a algún rijoso. En tanto, el ballet continuaba a desarrollarse.

En el segundo acto, el relajo en galerías, palcos y lunetas superaba el volumen de la música. Las diferencias estéticas se dirimían a golpes. Al final, todo se calmó. Aplausos de los modernistas. Tras bambalinas, Stravinsky se peleaba a gritos con Nijinsky, a quien acusaba del fracaso.

Las críticas fueron furibundas. Una parte contra la obra y otra contra el público faccioso y mal portado. Hubo quien salvó la música pero condenó la coreografía. La obra continuó por cuatro días más, con aprobación y aplausos. Aunque no unánimes, Puccini, quien fue a la segunda función, dijo que la coreografía era ridícula y la música, cacofónica.

Con la aceptación masiva de la intelectualidad bohemia, las asperezas entre Stravinsky y Nijinsky se limaron. Por su parte, el empresario estaba feliz, porque el escándalo era equivalente a buenas entradas.

Yo, por supuesto, me enteré de todo eso meses después. En 1913 gobernaba Huerta y el interés principal de muchos mexicanos era estarnos quietecitos.

Pero a principios de los años veinte tuve la oportunidad de visitar Europa. Obviamente, fui a París. Ahí me quedé -ya saben que soy bien gorrón- en casa de un amigo franco-mexicano, Alain Labrely.

La escenografía original
Labrely era una cosa rara: un jarocho muy güero, muy francés y muy caballero. Había regresado a tierra de sus padres tras el estallido de la revolución en México. Después de visitas obligadas a Pigalle, al Moulin Rouge y al cementerio de Montparnasse (donde sigue sepultado mi admirado don Porfirio), se presentó la oportunidad de ir al teatro.

Presentaban precisamente La Consagración de la Primavera y afirmaban que era la coreografía original (que había sido sustituida en la mayoría de las representaciones). Convencí a mi amigo Alain y fuimos al Teatro Edén, en la zona de la Opera, a ver esa extraordinaria función.

Hice apuntes. Recuerden que son de 1921.

"La música introductoria es bonita, da la idea de la primavera que se abre, con el fagot y las flautas. ¿Por qué la habrán abucheado?"...
"¡Qué extrañas vestimentas! Uno en México acostumbrado a puro tutú en El Lago de los Cisnes",,,
"Ahora se ponen a brincar. Parece danza indígena... y entra una señora con máscara del Baile de los Viejitos"...
"¿Esos movimientos son ballet? Tienen la fuerza, una gracia extraña... ¿pero ballet?"...
"¡Se mueven como locos! Parece una caótica fiesta de pueblo. Es el frenesí total. La música es medio disonante, pero bellísima"...
"Caminan de puntas, no bailan. Esto es otra cosa. ¡Qué modernidad! Pero ¿me gusta? ¿Me gusta que la música estè a punto de dejar de ser música?"...
"Ahora bailan sobre un piecito, ahora sobre el otro.Ahora corren agachados. Ya no entiendo. No me debo escandalizar, no me debo escandalizar, no debo, no debo"...
"¡Sí, es la Danza de los Viejitos! Ahora traen a uno con tipo de chamán y se zangolotean a su alrededor"...
""Es extraño. Es una exaltación del cuerpo sin la mediación romántica del ballet clásico y es una plurisonancia no armónica, un impulso crudo"...

En el intermedio, Labrely y yo tomamos una copa de champán. Escuchamos comentarios muy diversos sobre ese extraño rito pagano. "Es una mamada", opinó Alain, y apuró su bebida..

"Unas vírgenes se desperezan en círculos, luego parecen estar haciendo calistenia y más tarde dan pasos de apache alrededor de una de ellas", fue mi primer apunte del segundo acto.
"¿Ballet folklórico o ballet moderno o algo que todavía no tiene nombre?...
"De repente me parece que el rito ése tiene algo de satánico, me lo dice la música"...
"Entran hombres enfundados en pieles de animal. ¿Harán la versión eslava de la Danza del Venado? Esto es dionisiaco, salvaje"...
"Y se vuelve más aún con unos brincos provocativos, extraordinarios, de la mujer al cenro. ¡Se le mueve todo el cuerpo, Dios mío!"...
"¡Esos eslavos son tan salvajes como indios mexicanos! Hacen de la mujer elegida pieza de sacrificio ritual"...
"Veo a la mujer exánime, como si le hubieran sacado el corazón de puro bailar. Y me conmuevo".

Terminó la obra y Labrely y yo, junto con la mayoría del público, aplaudimos a rabiar. Descubro que me escurre una lagrimita. No supe qué pasó. Por qué algo que no alcanzaba a entender y que me era tan novedoso me había pegado en el alma.

Luego recordé que la palabra música viene de las musas y que el cuerpo tiene muchas formas de expresión. También, que hay un componente dionisiaco en todos los pueblos, por mucho que los occidentales traten de ocultar el propio.

Y quién iba a pensar que menos de veinte años después de esa representación, Disney haría una versión de esta obra de Stravinsky, para público infantil, en la película Fantasia. Pero la carga sexual de Le Sacre du Printemps es tal, que actualmente la suelen bailar semidesnudos y con actitudes abiertamente eróticas.

Sucede que Stravinsky y Nijinsky, al romper con la tradición que les había precedido, inauguraron -hace un siglo ya- el siglo XX musical.


Aquí, una versión del ballet muy parecida a la original, y a la que yo presencié:







  



martes, 28 de mayo de 2013

La extraña vida y la extraña muerte de Isabelle Eberhardt





La magia de internet me permitió conocer a un personaje muy apto para comentar en El Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Isabelle Eberhardt (1877-1904).

Isabelle Eberhardt fue escritora de libros de viaje, que estaban muy de moda en el siglo XIX y principios del XX. Eran la lectura preferida de la pequeña burguesía. Cumplían la función que hoy tiene el Travel Channel.

Lo relevante es que esta mujer, nacida en Suiza, vivió una parte de su vida como hombre, y musulmán, en la Argelia francesa, adonde había llegado su familia en 1897.

Aquí, una foto de Isabelle Eberhardt vestida (o vestido, porque se refería a sí misma en masculino) de marinero.

Por el día ella mantenía reuniones con místicos sufíes; por la noche frecuentaba los prostíbulos del Magreb, en su disfraz masculino. En los cafés de la kasbah, Isabelle Eberhardt, vestida de hombre, fumaba kif, bebía alcohol, y ligaba. Normalmente, a "otros hombres".

Un absoluto juego de espejos: una mujer vestida de hombre que atrae por sus características femeninas. Estamos en la Argelia francesa, en 1902, y dicen que la diversidad sexual se destapó en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.

Pero su condición andrógina y bisexual la afecta: "Estoy solo, como siempre he estado en el gran universo", escribe.

Aquí, un retrato de Eberhardt vestida de mujer (dice que es el único, pero hay otra imagen femenina de ella, la de la derecha).

 
















Cuando es enviada a investigar la muerte de un marqués, Isabelle Eberhardt adopta, para el resto de su vida, la personalidad de Mahmud Saadi.

Mahmud es en verdad un tipo extraño. Alto, imberbe, habla perfectamente el árabe, investiga un crimen.

Lo más extraño: Mahmud acaba viviendo un romance con un cipayo, un miembro de la tropa de élite del imperio otomano. Son una pareja heterosexual que parece ser una pareja homosexual.

"Slimène es el esposo ideal para mí, que estoy fatigado, cansado y harto de la soledad que me rodea", escribe Eberhardt-Saadi.

En 1901, atentaron contra la vida de Isabelle-Mahmud, pero no por homofobia, sino por sus investigaciones sobre la muerte del marqués. Esto lo aprovecha la autoridad colonial: Eberhardt es expulsada y va a Marsella, donde escribe su libro. Allí se casa con Sliméne y regresa, ya como ciudadana francesa, al Magreb.

En Argelia, vuelve a su ropa masculina, a los pleitos en bares, a la droga, al reventón y el desorden. Quién sabe por qué razones le encargan pacificar una rebelión tribal en Marruecos (probablemente porque había trabajado como reportero de guerra en el sur de Orán).

Isabelle-Mahmud no tiene éxito en su misión. A cambio, mientras espera en las largas noches del desierto reunirse con los caciquillos tribales, enferma de malaria y de sífilis. Regresa con su compañero, pero siempre en veste de hombre.

Los libros de Isabelle son Nouvelles Algériennes ("Cuentos argelinos") (1905), Dans l'Ombre Chaude de l'Islam ("En la dulce sombra del Islam") (1906), and Les journaliers ("Los jornaleros") (1922), todos póstumos. 

La muerte de Eberhardt es tan extraña como su vida. Un repentino alud de lodo tras una tormenta arrasó su casa de barro en Aïn Séfra, en pleno desierto del Sahara. Vivió y murió en medio de la paradoja.

En 2012 se estrenó una ópera basada en su vida. "Canciones de alboroto: las vidas y muertes de Isabelle Eberhardt", de Mizzy Mazzoli. Aquí un pedazo:


La historia de Isabelle Eberhardt nos dice que las líneas divisorias de la sexualidad humana siempre han sido tenues y diversas. Siempre.






martes, 7 de mayo de 2013

El Duque y la Diva




Ustedes saben que me gusta la ópera. Si hubo un apasionado del bel canto que me contagió su afición, fue mi amigo don Manuel Gutiérrez Nájera.

Gutiérrez Nájera fue, antes que cualquier otra cosa, un cronista de espectáculos. De los mejores que han existido en la historia de México. Escribió bajo distintos seudónimos. El Cronista, Puck, Junius, Recamier y, por supuesto, El Duque Job, fueron los más conocidos. Lo hizo en unos 60 periódicos y revistas. El Diario Germánico, El Universal, El Mundo, El Tiempo, El Hijo del Ahuizote, El Partido Liberal y, por supuesto, la Revista Azul.

Y de lo que más le gustaba escribir era de las artes escénicas. De hecho, en música prefería a los compositores de ópera y zarzuela que a los de sinfonías y conciertos.

Ante todo, Gutiérrez Nájera era un adorador de las divas operísticas. Es conocida su admiración por Louise Theó, la diminuta reina de la opereta. Recordemos que, en su famoso poema, compara los ojos de La Duquesa Job con los de la Theó, y sus parpadeos “maliciosamente candorosos”.

Pero donde la fascinación con una artista llegaba al embeleso, el frenesí, era con la máxima soprano de nuestros tiempos, Adelina Patti.
El Gran Teatro Nacional de México

En 1885 corrió el rumor de que la Patti vendría a México, y daría conciertos en el Teatro Nacional. El Duque Job tenía el ánimo extasiado. La mala suerte quiso que aquel rumor fuera falso. Peor, un vivales que se hizo pasar por agente de la Patti, vendió cientos de boletos. Uno al Duque.

Pero a finales de 1886 se confirmó la noticia. Adelina Patti cantaría en el Nacional en diciembre y principios de enero del 87. 

La Patti vino a México en el esplendor de su carrera. Nada como los Stones o Paul McCartney, que vinieron nada más a regar la polilla.

¿Qué tan famosa era Adelina Patti? Baste decir que cobraba, en términos reales, más de lo que llegó jamás a cobrar Luciano Pavarotti.

¿Y què tan diva era? Baste decir que era la primadonna por excelencia. Voluble, dada a los lujos. Se dice que exigía para su desayuno lenguas de canario. Un sándwich con 14 lenguas, para ser precisos.

Como no había preventa con tarjeta de crédito –puesto que no las habían inventado- las colas en las taquillas fueron de una longitud escandalosa. Lamento decir que no alcancé boleto. Pero Gutiérrez Nájera sí, amparado en su calidad de jefe de redacción de El Partido Liberal.

En esos días había tumultos frente al Hotel Iturbide –hoy Palacio de Iturbide- donde se hospedaba la cantante. Los fans querían verla.

Adelina Patti, la Diva
En una ocasión, apenas salió la Patti del hotel, un fanático de la ópera, un lagartijo de nombre José Hernández, se lanzó frente a su carruaje. Don José no tenía boleto, así que le pidió a la diva al menos el honor de poder jalar su carro rumbo al teatro. A la Patti eso le parecía de lo más natural.

Gutiérrez Nájera salió extasiado del teatro. Igual se hubiera lanzado frente al carruaje si no hubiera tenido una reputación que defender.

“Imaginaos un perfume que se oye… imaginaos una evasión de mariposas de cristal que chocan sus alitas en el aire… “, escribió. “Esa voz hace frisos de la Alhambra con las moléculas del aire. Es un encaje que canta”, decía su crónica de El Partido Liberal.

Adelina volvió en 1890. Misma expectación. Mismas colas interminables y precios irracionales (pero sí conseguí boleto). Misma infatuación de Puck…

La capacidad lírica de la Patti me conmocionó, y eso que yo era el caballero cursi de las últimas filas. Una soprano de coloratura más que aguda, impresionante. Luego me enteré que la diva acaparaba para sí incluso papeles que correspondían originalmente a las mezzosoprano. Estos roles tardaron décadas en volver a las cantantes de rango medio. Tan grande era la influencia de la señora.

Gutiérrez Nájera estaba como narcotizado por la mujer y su belleza. Puck escribió en El Universal: “Oíros es entrar a la misteriosa gruta de Aladino cuajada de piedras preciosas”, le escribía, como un amante que sabe que jamás será correspondido.

Años después, corría 1894, me encontré al Duque muy entristecido. Había corrido como reguero de pólvora la noticia de la muerte de Adelina Patti. Esa vez todo lo que alcancé a hacer fue ponerle una mano sobre el hombro al ya para entonces diputado porfirista.

La Patti, vivita y coleando
Ustedes saben que en Tuita a cada rato aparece la noticia de que RIPMadonna, RIPJustinBieber, RIPChespirito. Igualito pasó en 1894.

La noticia de la muerte de la Patti resultó ser lo que llaman los periodistas un “borrego”. La que se murió fue una señora Patey, que cantaba oratorios. El problema fue que ese “borrego” fue publicado en todos los periódicos serios de la capital. No hay nada nuevo bajo el sol.

Para El Duque Job aquello fue como una fiesta. “¡No era el ruiseñor, no era la alondra!”, “La Muerte no ha cometido todavía el sacrilegio de herirla”. Incluso parecía feliz de que hubiera fallecido la vulgar y desconocida señora Patey. Hacía multitud de chistes al respecto.

Luego elucubraba y afirmaba que, a diferencia de escultores, pintores o literatos, la obra de los cantantes desaparecía para siempre, “se borra del mundo”.

Gutiérrez Nájera no desconocía el fonógrafo, “la máquina que canta, ríe y llora”, y se contradecía.   Antes había escrito que la voz de la Patti, a través de ese instrumento, serviría a las señoras en labor de parto (“La Patti comadrona y Edison partero”, se llamaba el artículo). Ahora afirmaba que de ese instrumento queda “la sombra de voz, no la voz misma… cuando (la Patti) muera en realidad, se habrá ido toda ella”.

Era una manera de decirse que él era un privilegiado de una generación privilegiada. Tal era su amor por la diva.

No pasó un año de eso, que la muerte se llevó al Duque, quien aún no cumplía los 36 años.

El y yo una vez pasamos frente al Teatro Principal y le exclamó al edificio: “Tú no me verás de viejo”.  Tenía razón. Gutiérrez Nájera era hemofílico.

Adelina Patti, en cambio, vivió hasta 1919. Durante años compartió opinión con El Duque y se negó a grabar su voz en fonógrafo. Ya en el ocaso de su carrera, cuando tenía 63 años, accedió y grabó varias canciones. Dicen los que saben que ya no era lo mismo. Pero a la diva le encantó. “¡Oh mi Dios, ¡Ahora comprendo por qué soy la Patti!... ¡Qué voz! ¡Qué artista! ¡Lo comprendo todo!”, exclamó al escuchar su voz por primera vez en el fonógrafo.


Aquí, Adelina Patti canta Voi che sapete, de Mozart.


Y aquí, muy vivaracha, canta La Calesera, en español.

 Se dice que en el castillo de Gales donde la cantante vivió sus últimos días, ronda el fantasma de Adelina Patti.

 Lo que es seguro es que por la calle de Plateros ronda el del Duque Job.