miércoles, 5 de junio de 2013

La Consagración de la Primavera





El divino Nijinsky
Stravinsky selon Picasso

Hace un siglo, el 29 de mayo de 1913, se estrenó el ballet Le Sacre du Printemps, conocido en español como La Consagración de la Primavera, con música de Igor Stravinsky y coreografía de Vaslav Nijinsky. Fue un sonoro fracaso.

Le Sacre du Printemps no quiere decir precisamente "consagración". Una sacre, en francés, se refiere a una fiesta popular de origen pagano. Por eso es mucho mejor la traducción inglesa del título: The Rite of Spring. Ritual es un concepto que aplica más que el de consagración.

El estreno fue en el Thèâtre des Champs Élysèes y, de entrada, el público estaba dividido entre los ricos parisinos y los bohemios modernistas.

Relatan las crónicas que no había terminado la introducción musical cuando empezaron los silbidos. La buena burguesía no quería saber de bitonalidades.

Se alzó el telón y una parte del público estalló en carcajadas. Otros, excitados, trataban de marcar el ritmo con los pies. Luego vinieron los gritos.

Las bailarinas originales
"¡Traigan a un dentista, que a la bailarina le duele la muela!... ¡No, a dos!", gritó un señor de corbata de moño. "¡Viejo imbécil!", le respondió un modernista, quien ipso-facto recibió un sopapo de una elegante dama.

Empezaron a lloverle objetos a la orquesta. Entró la policía y se llevó a algún rijoso. En tanto, el ballet continuaba a desarrollarse.

En el segundo acto, el relajo en galerías, palcos y lunetas superaba el volumen de la música. Las diferencias estéticas se dirimían a golpes. Al final, todo se calmó. Aplausos de los modernistas. Tras bambalinas, Stravinsky se peleaba a gritos con Nijinsky, a quien acusaba del fracaso.

Las críticas fueron furibundas. Una parte contra la obra y otra contra el público faccioso y mal portado. Hubo quien salvó la música pero condenó la coreografía. La obra continuó por cuatro días más, con aprobación y aplausos. Aunque no unánimes, Puccini, quien fue a la segunda función, dijo que la coreografía era ridícula y la música, cacofónica.

Con la aceptación masiva de la intelectualidad bohemia, las asperezas entre Stravinsky y Nijinsky se limaron. Por su parte, el empresario estaba feliz, porque el escándalo era equivalente a buenas entradas.

Yo, por supuesto, me enteré de todo eso meses después. En 1913 gobernaba Huerta y el interés principal de muchos mexicanos era estarnos quietecitos.

Pero a principios de los años veinte tuve la oportunidad de visitar Europa. Obviamente, fui a París. Ahí me quedé -ya saben que soy bien gorrón- en casa de un amigo franco-mexicano, Alain Labrely.

La escenografía original
Labrely era una cosa rara: un jarocho muy güero, muy francés y muy caballero. Había regresado a tierra de sus padres tras el estallido de la revolución en México. Después de visitas obligadas a Pigalle, al Moulin Rouge y al cementerio de Montparnasse (donde sigue sepultado mi admirado don Porfirio), se presentó la oportunidad de ir al teatro.

Presentaban precisamente La Consagración de la Primavera y afirmaban que era la coreografía original (que había sido sustituida en la mayoría de las representaciones). Convencí a mi amigo Alain y fuimos al Teatro Edén, en la zona de la Opera, a ver esa extraordinaria función.

Hice apuntes. Recuerden que son de 1921.

"La música introductoria es bonita, da la idea de la primavera que se abre, con el fagot y las flautas. ¿Por qué la habrán abucheado?"...
"¡Qué extrañas vestimentas! Uno en México acostumbrado a puro tutú en El Lago de los Cisnes",,,
"Ahora se ponen a brincar. Parece danza indígena... y entra una señora con máscara del Baile de los Viejitos"...
"¿Esos movimientos son ballet? Tienen la fuerza, una gracia extraña... ¿pero ballet?"...
"¡Se mueven como locos! Parece una caótica fiesta de pueblo. Es el frenesí total. La música es medio disonante, pero bellísima"...
"Caminan de puntas, no bailan. Esto es otra cosa. ¡Qué modernidad! Pero ¿me gusta? ¿Me gusta que la música estè a punto de dejar de ser música?"...
"Ahora bailan sobre un piecito, ahora sobre el otro.Ahora corren agachados. Ya no entiendo. No me debo escandalizar, no me debo escandalizar, no debo, no debo"...
"¡Sí, es la Danza de los Viejitos! Ahora traen a uno con tipo de chamán y se zangolotean a su alrededor"...
""Es extraño. Es una exaltación del cuerpo sin la mediación romántica del ballet clásico y es una plurisonancia no armónica, un impulso crudo"...

En el intermedio, Labrely y yo tomamos una copa de champán. Escuchamos comentarios muy diversos sobre ese extraño rito pagano. "Es una mamada", opinó Alain, y apuró su bebida..

"Unas vírgenes se desperezan en círculos, luego parecen estar haciendo calistenia y más tarde dan pasos de apache alrededor de una de ellas", fue mi primer apunte del segundo acto.
"¿Ballet folklórico o ballet moderno o algo que todavía no tiene nombre?...
"De repente me parece que el rito ése tiene algo de satánico, me lo dice la música"...
"Entran hombres enfundados en pieles de animal. ¿Harán la versión eslava de la Danza del Venado? Esto es dionisiaco, salvaje"...
"Y se vuelve más aún con unos brincos provocativos, extraordinarios, de la mujer al cenro. ¡Se le mueve todo el cuerpo, Dios mío!"...
"¡Esos eslavos son tan salvajes como indios mexicanos! Hacen de la mujer elegida pieza de sacrificio ritual"...
"Veo a la mujer exánime, como si le hubieran sacado el corazón de puro bailar. Y me conmuevo".

Terminó la obra y Labrely y yo, junto con la mayoría del público, aplaudimos a rabiar. Descubro que me escurre una lagrimita. No supe qué pasó. Por qué algo que no alcanzaba a entender y que me era tan novedoso me había pegado en el alma.

Luego recordé que la palabra música viene de las musas y que el cuerpo tiene muchas formas de expresión. También, que hay un componente dionisiaco en todos los pueblos, por mucho que los occidentales traten de ocultar el propio.

Y quién iba a pensar que menos de veinte años después de esa representación, Disney haría una versión de esta obra de Stravinsky, para público infantil, en la película Fantasia. Pero la carga sexual de Le Sacre du Printemps es tal, que actualmente la suelen bailar semidesnudos y con actitudes abiertamente eróticas.

Sucede que Stravinsky y Nijinsky, al romper con la tradición que les había precedido, inauguraron -hace un siglo ya- el siglo XX musical.


Aquí, una versión del ballet muy parecida a la original, y a la que yo presencié:







  



martes, 28 de mayo de 2013

La extraña vida y la extraña muerte de Isabelle Eberhardt





La magia de internet me permitió conocer a un personaje muy apto para comentar en El Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Isabelle Eberhardt (1877-1904).

Isabelle Eberhardt fue escritora de libros de viaje, que estaban muy de moda en el siglo XIX y principios del XX. Eran la lectura preferida de la pequeña burguesía. Cumplían la función que hoy tiene el Travel Channel.

Lo relevante es que esta mujer, nacida en Suiza, vivió una parte de su vida como hombre, y musulmán, en la Argelia francesa, adonde había llegado su familia en 1897.

Aquí, una foto de Isabelle Eberhardt vestida (o vestido, porque se refería a sí misma en masculino) de marinero.

Por el día ella mantenía reuniones con místicos sufíes; por la noche frecuentaba los prostíbulos del Magreb, en su disfraz masculino. En los cafés de la kasbah, Isabelle Eberhardt, vestida de hombre, fumaba kif, bebía alcohol, y ligaba. Normalmente, a "otros hombres".

Un absoluto juego de espejos: una mujer vestida de hombre que atrae por sus características femeninas. Estamos en la Argelia francesa, en 1902, y dicen que la diversidad sexual se destapó en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX.

Pero su condición andrógina y bisexual la afecta: "Estoy solo, como siempre he estado en el gran universo", escribe.

Aquí, un retrato de Eberhardt vestida de mujer (dice que es el único, pero hay otra imagen femenina de ella, la de la derecha).

 
















Cuando es enviada a investigar la muerte de un marqués, Isabelle Eberhardt adopta, para el resto de su vida, la personalidad de Mahmud Saadi.

Mahmud es en verdad un tipo extraño. Alto, imberbe, habla perfectamente el árabe, investiga un crimen.

Lo más extraño: Mahmud acaba viviendo un romance con un cipayo, un miembro de la tropa de élite del imperio otomano. Son una pareja heterosexual que parece ser una pareja homosexual.

"Slimène es el esposo ideal para mí, que estoy fatigado, cansado y harto de la soledad que me rodea", escribe Eberhardt-Saadi.

En 1901, atentaron contra la vida de Isabelle-Mahmud, pero no por homofobia, sino por sus investigaciones sobre la muerte del marqués. Esto lo aprovecha la autoridad colonial: Eberhardt es expulsada y va a Marsella, donde escribe su libro. Allí se casa con Sliméne y regresa, ya como ciudadana francesa, al Magreb.

En Argelia, vuelve a su ropa masculina, a los pleitos en bares, a la droga, al reventón y el desorden. Quién sabe por qué razones le encargan pacificar una rebelión tribal en Marruecos (probablemente porque había trabajado como reportero de guerra en el sur de Orán).

Isabelle-Mahmud no tiene éxito en su misión. A cambio, mientras espera en las largas noches del desierto reunirse con los caciquillos tribales, enferma de malaria y de sífilis. Regresa con su compañero, pero siempre en veste de hombre.

Los libros de Isabelle son Nouvelles Algériennes ("Cuentos argelinos") (1905), Dans l'Ombre Chaude de l'Islam ("En la dulce sombra del Islam") (1906), and Les journaliers ("Los jornaleros") (1922), todos póstumos. 

La muerte de Eberhardt es tan extraña como su vida. Un repentino alud de lodo tras una tormenta arrasó su casa de barro en Aïn Séfra, en pleno desierto del Sahara. Vivió y murió en medio de la paradoja.

En 2012 se estrenó una ópera basada en su vida. "Canciones de alboroto: las vidas y muertes de Isabelle Eberhardt", de Mizzy Mazzoli. Aquí un pedazo:


La historia de Isabelle Eberhardt nos dice que las líneas divisorias de la sexualidad humana siempre han sido tenues y diversas. Siempre.






martes, 7 de mayo de 2013

El Duque y la Diva




Ustedes saben que me gusta la ópera. Si hubo un apasionado del bel canto que me contagió su afición, fue mi amigo don Manuel Gutiérrez Nájera.

Gutiérrez Nájera fue, antes que cualquier otra cosa, un cronista de espectáculos. De los mejores que han existido en la historia de México. Escribió bajo distintos seudónimos. El Cronista, Puck, Junius, Recamier y, por supuesto, El Duque Job, fueron los más conocidos. Lo hizo en unos 60 periódicos y revistas. El Diario Germánico, El Universal, El Mundo, El Tiempo, El Hijo del Ahuizote, El Partido Liberal y, por supuesto, la Revista Azul.

Y de lo que más le gustaba escribir era de las artes escénicas. De hecho, en música prefería a los compositores de ópera y zarzuela que a los de sinfonías y conciertos.

Ante todo, Gutiérrez Nájera era un adorador de las divas operísticas. Es conocida su admiración por Louise Theó, la diminuta reina de la opereta. Recordemos que, en su famoso poema, compara los ojos de La Duquesa Job con los de la Theó, y sus parpadeos “maliciosamente candorosos”.

Pero donde la fascinación con una artista llegaba al embeleso, el frenesí, era con la máxima soprano de nuestros tiempos, Adelina Patti.
El Gran Teatro Nacional de México

En 1885 corrió el rumor de que la Patti vendría a México, y daría conciertos en el Teatro Nacional. El Duque Job tenía el ánimo extasiado. La mala suerte quiso que aquel rumor fuera falso. Peor, un vivales que se hizo pasar por agente de la Patti, vendió cientos de boletos. Uno al Duque.

Pero a finales de 1886 se confirmó la noticia. Adelina Patti cantaría en el Nacional en diciembre y principios de enero del 87. 

La Patti vino a México en el esplendor de su carrera. Nada como los Stones o Paul McCartney, que vinieron nada más a regar la polilla.

¿Qué tan famosa era Adelina Patti? Baste decir que cobraba, en términos reales, más de lo que llegó jamás a cobrar Luciano Pavarotti.

¿Y què tan diva era? Baste decir que era la primadonna por excelencia. Voluble, dada a los lujos. Se dice que exigía para su desayuno lenguas de canario. Un sándwich con 14 lenguas, para ser precisos.

Como no había preventa con tarjeta de crédito –puesto que no las habían inventado- las colas en las taquillas fueron de una longitud escandalosa. Lamento decir que no alcancé boleto. Pero Gutiérrez Nájera sí, amparado en su calidad de jefe de redacción de El Partido Liberal.

En esos días había tumultos frente al Hotel Iturbide –hoy Palacio de Iturbide- donde se hospedaba la cantante. Los fans querían verla.

Adelina Patti, la Diva
En una ocasión, apenas salió la Patti del hotel, un fanático de la ópera, un lagartijo de nombre José Hernández, se lanzó frente a su carruaje. Don José no tenía boleto, así que le pidió a la diva al menos el honor de poder jalar su carro rumbo al teatro. A la Patti eso le parecía de lo más natural.

Gutiérrez Nájera salió extasiado del teatro. Igual se hubiera lanzado frente al carruaje si no hubiera tenido una reputación que defender.

“Imaginaos un perfume que se oye… imaginaos una evasión de mariposas de cristal que chocan sus alitas en el aire… “, escribió. “Esa voz hace frisos de la Alhambra con las moléculas del aire. Es un encaje que canta”, decía su crónica de El Partido Liberal.

Adelina volvió en 1890. Misma expectación. Mismas colas interminables y precios irracionales (pero sí conseguí boleto). Misma infatuación de Puck…

La capacidad lírica de la Patti me conmocionó, y eso que yo era el caballero cursi de las últimas filas. Una soprano de coloratura más que aguda, impresionante. Luego me enteré que la diva acaparaba para sí incluso papeles que correspondían originalmente a las mezzosoprano. Estos roles tardaron décadas en volver a las cantantes de rango medio. Tan grande era la influencia de la señora.

Gutiérrez Nájera estaba como narcotizado por la mujer y su belleza. Puck escribió en El Universal: “Oíros es entrar a la misteriosa gruta de Aladino cuajada de piedras preciosas”, le escribía, como un amante que sabe que jamás será correspondido.

Años después, corría 1894, me encontré al Duque muy entristecido. Había corrido como reguero de pólvora la noticia de la muerte de Adelina Patti. Esa vez todo lo que alcancé a hacer fue ponerle una mano sobre el hombro al ya para entonces diputado porfirista.

La Patti, vivita y coleando
Ustedes saben que en Tuita a cada rato aparece la noticia de que RIPMadonna, RIPJustinBieber, RIPChespirito. Igualito pasó en 1894.

La noticia de la muerte de la Patti resultó ser lo que llaman los periodistas un “borrego”. La que se murió fue una señora Patey, que cantaba oratorios. El problema fue que ese “borrego” fue publicado en todos los periódicos serios de la capital. No hay nada nuevo bajo el sol.

Para El Duque Job aquello fue como una fiesta. “¡No era el ruiseñor, no era la alondra!”, “La Muerte no ha cometido todavía el sacrilegio de herirla”. Incluso parecía feliz de que hubiera fallecido la vulgar y desconocida señora Patey. Hacía multitud de chistes al respecto.

Luego elucubraba y afirmaba que, a diferencia de escultores, pintores o literatos, la obra de los cantantes desaparecía para siempre, “se borra del mundo”.

Gutiérrez Nájera no desconocía el fonógrafo, “la máquina que canta, ríe y llora”, y se contradecía.   Antes había escrito que la voz de la Patti, a través de ese instrumento, serviría a las señoras en labor de parto (“La Patti comadrona y Edison partero”, se llamaba el artículo). Ahora afirmaba que de ese instrumento queda “la sombra de voz, no la voz misma… cuando (la Patti) muera en realidad, se habrá ido toda ella”.

Era una manera de decirse que él era un privilegiado de una generación privilegiada. Tal era su amor por la diva.

No pasó un año de eso, que la muerte se llevó al Duque, quien aún no cumplía los 36 años.

El y yo una vez pasamos frente al Teatro Principal y le exclamó al edificio: “Tú no me verás de viejo”.  Tenía razón. Gutiérrez Nájera era hemofílico.

Adelina Patti, en cambio, vivió hasta 1919. Durante años compartió opinión con El Duque y se negó a grabar su voz en fonógrafo. Ya en el ocaso de su carrera, cuando tenía 63 años, accedió y grabó varias canciones. Dicen los que saben que ya no era lo mismo. Pero a la diva le encantó. “¡Oh mi Dios, ¡Ahora comprendo por qué soy la Patti!... ¡Qué voz! ¡Qué artista! ¡Lo comprendo todo!”, exclamó al escuchar su voz por primera vez en el fonógrafo.


Aquí, Adelina Patti canta Voi che sapete, de Mozart.


Y aquí, muy vivaracha, canta La Calesera, en español.

 Se dice que en el castillo de Gales donde la cantante vivió sus últimos días, ronda el fantasma de Adelina Patti.

 Lo que es seguro es que por la calle de Plateros ronda el del Duque Job.
 








lunes, 15 de abril de 2013

El collar maldito de María Félix


Hay joyas famosas. Hay joyas polémicas. Hay joyas malditas. Y también está el collar de esmeraldas que le regaló Jorge Negrete a María Félix.

Ese collar lo regaló el Charro Cantor a María Bonita el día de su boda, en la ex Hacienda de Tlalpan, el 18 de octubre de 1952. Fue un testimonio de amor de 300 mil pesos. Las esmeraldas eran tan brillantes, como rutilantes las grandes estrellas de ese matrimonio.

Pero sucede que don Jorge Negrete ganaba mucho dinero, pero no era rico, por ser despilfarrador. Peso sobre peso lo gastaba a manos llenas.

El caso es que a finales de 1953, Negrete salió a cumplir unos compromisos artísticos en Los Ángeles, en contra de la opinión de su médico. El doctor le decía que no fuera, por cuestiones de salud. Pero Negrete estaba ahorcado en deudas, fue y al otro día paró en el hospital. Del hospital no saldría. María Félix llegó de París y estuvo junto a su esposo hasta su muerte, su regreso a México y los funerales apoteósicos.

Don Jorge Negrete, en su testamento, según los familiares, lo dejó todo a su hija Diana, menor de edad, bajo custodia de su madre Elisa Christy. El problema es que don Jorge no heredó más que deudas. Un montón. Incluida la que había adquirido por el collar de esmeraldas.

El hermano de Negrete, David, le reclamó a la Doña la devolución del collar, considerando que era injusto que los herederos cargaran con la deuda. Ahí empezó un largo litigio.

Como los familiares de Negrete no podían pagar la hipoteca de la casa de los papás de Jorge, la Félix los alivianó cubriendo la deuda. Para pagar la hipoteca, la Doña hipotecó la hacienda de Catipoato, la de Tlalpan, que era de su propiedad y era donde se había casado con Negrete. María  creyó así que se acabaría el pleito. Pero no. La demandaron.

“Aunque quiero mucho a Dianita”, dijo la Doña, “como viuda me corresponde la propiedad del collar.  Además, ya me encariñé con él”.

En 1954, cuando intentaba ir a París, la Félix fue detenida en el Aeropuerto, acusada de apropiarse indebidamente del collar. El juez había ordenado la entrega de la joya al albacea del testamento. Ni más ni menos que David Negrete.

María Félix obtuvo de inmediato una “suspensión definitiva en forma condicionada” de esa orden, mediante una fianza de 643,000 pesos.

Espero que hayan empezado hace rato a hacer cuentas.

El principio jurídico en el que se basó el abogado de la Doña fue “en materia de muebles, la posesión equivale al título”.

En octubre de 1955, el abogado de los Negrete, Arsenio Farell, logró revivir el caso del collar y volvieron a arraigar a María Félix en México Tres semanas después, la Doña pagó 150 mil pesos para que se le levantara el arraigo y pudiera ir a Paris, a ver a su amigo Berger.

En 1957, el asunto ya había subido al Tribunal Superior de Justicia, quien ordenó que María Félix devolviera el famoso collar de esmeraldas. El caso no se resolvió sino meses después. María puso medio millón de pesos en un fideicomiso a favor de Diana (no de los parientes) y retuvo el collar.

El escándalo fue tal que hasta se iba a hacer una película sobre el collar, con Ana Luisa Peluffo en el papel de María Félix. Pero la Doña impidió la filmación.

Cuatro décadas más tarde, la famosa actriz afirmó que el collar ya no era tal; que había mandado engastar las esmeraldas en otras joyas. A mí me dijo que estaban en el famoso collar de Cartier, formado por 525 gramos de oro, 1060 esmeraldas cacuchón y 1023 diamantes amarillos.

A la muerte de la diva, sorpresivamente, el testamento fue a favor de su empleado Luis Martínez de Anda, supuestamente ex pareja de su hijo Enrique.

Por supuesto, los familiares de la Félix –como en su momento, los de Negrete- hicieron de todo para hacerse de la herencia. Acusaron a Martínez de Anda de asesinato, y hasta lograron que se exhumara el cadáver de la actriz.  Nada pudieron probar. Entonces Martínez de Anda organizó tremenda subasta en Christie’s, para hacer líquidas las joyas y obras de arte de María Félix, que valían millones.

Resumiendo. A Negrete el collar le costó 300 mil pesos, que no pagó. A la Doña, un millón, 293 mil pesos, más gastos de abogado y una hipoteca. ¿Y quién terminó con las esmeraldas? Martínez de Anda. Nadie sabe para quién trabaja.

¿O las habrá gozado Enrique, combinadas con un suéter de cachemira gris perla?

De pilón, un video con las joyas de María Félix:









martes, 2 de abril de 2013

Juventino Rosas y la elite porfiriana


El gran compositor guanajuatense Juventino Rosas es el músico porfiriano que más ha trascendido a nuestros días.
 
Por la ausencia de una educación musical formal, Juventino Rosas tiene algo en común con otro gran compositor guanajuatense: José Alfredo Jiménez. Pero Juventino Rosas, como el gran Carlos Santana, venía de una familia de músicos populares. El papá de Juventino tocaba en una banda militar, porque peleó en las filas liberales, al servicio de don Benito Juárez. Luego hizo un conjunto prácticamente callejero con sus hijos. Con eso sobrevivían, pero no vivían.

La capacidad musical de Juventino lo llevo a trabajar  en la compañía de ópera de Ángela Peralta cuando él tenía quince años. Sobrevivió a la epidemia de cólera en Mazatlán, cosa que no logró la soprano.

Juventino buscó acomodo en varias bandas, pero ninguna pegaba, así que se enlistó en el Ejército para sobrevivir, pero no aguantó la disciplina. Solía escaparse a echarse unos tragos para olvidar el mal fario, hasta que una vez no regresó y desertó.

Luego se interesó en la cuestión social. El vals "Ilusiones juveniles", de Juventino Rosas fue escrito para la sesión inaugural de la Sociedad Mutualista Juventud Obrera. ¡Se trataba de ilusiones políticas! Démonos una idea de lo brillante que era don Juventino. Ese vals lo compuso a los 22 años. ¡Y no tenía estudios formales de música!

El principal éxito musical de don Juventino es el vals "Sobre las olas", intitulado originalmente "Junto al manantial". Dicen que la inspiración de don Juventino para ese vals, fue una joven, Mariana Carbajal, que lavaba la ropa en el riachuelo, allá por Contreras. Pero ni crean que Juventino Rosas fue un one hit wonder, como se dice hoy en día. Tuvo varias obras exitosas a nivel mundial.

Don Juventino Rosas era un gran compositor, pero pecaba de humilde, por su origen étnico y social. La elite nunca lo aceptó como uno de los suyos. También era malísimo para los negocios. Vendió los derechos de "Sobre las Olas" en 45 pesos (como $4500 de hoy) a don Agustín Wenger, que lo lanzó al estrellato –pero se quedó con las regalías.

El otro gran éxito europeo de Rosas fue "Ensueño seductor". El maestro de Santa Cruz no sólo compuso valses. También polkas, danzones y mazurkas.
La Alberca Pane

El instrumento que (mejor) tocaba don Juventino Rosas era el violín. Como les decía, don Juventino era muy modesto. Ya exitoso, fungía como director de la orquesta en la Alberca Pane. Nadar con música, con el violín de Juventino Rosas. ¡Eso sí que era un lujo!

La esposa del dueño de la alberca era doña Calixta Gutiérrez de Alfaro. En su casa, don Juventino Rosas amenizaba las tertulias de la elite. Era invitado, pero a chambear. Era una delicia escucharlo.

¿Ustedes creen que la alta sociedad porfiriana iba a aceptar a Juventino Rosas como uno de los suyos? Yo tampoco. Pues ya lo ven, estaba rete feo, pero era un artista de gran sensibilidad.

Ustedes conocen la trama de la peli "México de mis recuerdos", que me llevó a la fama y que tiene qué ver con  la historia de un vals de don Chucho intitulado "Carmelita"... pues don Juventino Rosas compuso un vals, "Carmen", en honor a doña Carmen Romero Rubio de Díaz. Este vals no sólo tuvo éxito en Europa. También consiguió que don Porfirio Díaz perdonara a Juventino de haber desertado del ejército.

Vals "Carmen", de Juventino Rosas

Ven que en la peli Lolita Menchaca sufre un montón por don Juventino, pero su amor los hace ganar. La realidad es que la pareja que ella hizo con Rosas tronó durísimo, debido principalmente a la afición del músico a los alipuces. Lo que sí es cierto es que Juventino Rosas le dedicó el vals "Dolores" a Lolita Menchaca.

He hablado recientemente de grandes artistas del porfiariato que murieron jóvenes. Jesús F. Contreras, a los 36 años; Julio Ruelas, a los 37. Pues Juventino Rosas fue un muerto todavía más precoz. Falleció en 1894, cuando estaba de gira, a los 26 años, en Cuba, de un mal hepático. Su fama fue breve; su sufrimiento, profundo; su pobreza, una constante. Se adelantó por un año al famoso Club de los 27. ¡Lo que le faltó por componer!



"Sobre las Olas"